Escribe: Pedro Salinas
Ángel Moyano Vásquez tiene cincuenta y seis años, es de baja estatura, frente amplia y es articulado y sereno al hablar. De profesión es ingeniero mecánico. Tiene un posgrado en dirección estratégica de empresas, una maestría en márquetin y más de veinte años de experiencia en comercio internacional. Y es propietario de una empresa que vende productos especializados para minería. Quienes lo conocen afirman que es una persona decente por los cuatro costados.
Moyano viste un polo blanco al momento de conversar con Vicky Zamora, periodista del programa televisivo Panorama. “Lo que me está pasando, no se lo deseo a nadie”, dice desde el penal Piedras Gordas, ubicado cerca de Ancón. Lleva como tres meses de prisión. Y supuestamente le esperarían cinco largos meses más, encerrado detrás de puertas de metal y de muros enormes coronados por cercos de púas.
“Esto es una pesadilla”, advierte Moyano. Y conteniéndose le revela a la reportera cómo le está afectando su actual y surreal situación en lo económico, en lo psicológico y en lo emocional. “Uno se deprime en un penal. Quien diga que no, es mentira. Es duro”, añade.
¿Qué hizo Moyano para merecer ese castigo? Pues se los cuento en corto. Tres años atrás, Moyano y su esposa, Clara Rostworowski, compraron un terreno en Cieneguilla. Y una vez que terminaron de construir la casa, su vecino, un sacerdote italiano llamado Giuseppe Cressano, les increpó de haber usurpado parte de su terreno, sin mostrar documentos ni planos ni nada. Y desde entonces, el cura católico no dejó de mantener una actitud hostil hacia la familia Moyano Rostworowski. Para colmo, el clérigo matón amenazó a la mujer de Moyano con tumbar la pared. A la mala. Y con ajos y cebollas porque, ya adivinarán, el religioso tiene una boquita de caramelo, pues parece disfrutar de atormentar a sus vecinos tirándoles piedras y mentándoles la madre.
Hasta que un día, Ángel Moyano, quien parece tener una paciencia de santo, perdió la calma. Y le devolvió los gritos al presbítero bravucón. Y nada. Se dijeron velaverde, se pecharon a la distancia, echaron chispas, y aparentemente ahí quedó la cosa. Pero no. Ahí comenzó el calvario.
Seis meses después, el capellán de marras inició una querella judicial. Por supuesta difamación agravada. Y qué creen. El día que tocaba la lectura de la sentencia, la jueza Flora Trevejos Misagel, le preguntó al acusado: “¿Quiere que lea toda la sentencia o solo la parte resolutiva?”. “Lea, por favor, solo la parte resolutiva”, respondió Moyano, quien estaba confiado en que vivía en un país normal. Al punto que después de ese trámite judicial pensaba encaminarse hacia el aeropuerto porque tenía programado un viaje. Y en eso: “Tiene ocho meses de prisión efectiva”, dictaminó la jueza Trevejos como quien pide un helado en el 4D. “¿Qué significa eso?”, le preguntó un desconcertado Moyano a su abogado. “Te quedas”, le dijo al oído el jurista. “¡¡¡¿Qué?!!!”.
Ni en el caso Magaly Medina, que sentó un precedente nefasto, fue tan clamoroso como el que describo en este papel. La pena que le impusieron a Medina fue de cinco meses y ochenta mil soles de reparación civil. A Moyano le han clavado ocho meses y cien mil soles de reparación.
Desde entonces, Moyano no entiende qué hace ahí, enjaulado como un animal. Como yo tampoco, la verdad. Pero claro. Estamos en el Perú, donde lo más ilógico, absurdo e incomprensible puede cobrar forma y volverse real. O peor. En algo normal.
Moyano está tras las rejas por una riña entre vecinos. Por eso. Por “haber difundido el rumor” de que su querellante es un pedófilo. “Lo que hubo fue una discusión verbal. No mencioné para nada la palabra ‘pedófilo’. Y así la hubiera mencionado —aunque, repito, no lo hice— lo que hubo fue un altercado verbal. Eso no es difamación en ninguna parte”.
Y efectivamente. No lo es. Pero ya ven. Moyano sigue ahí, privado de su libertad. Y aquí no se trata de que las cosas no son simples, o de que unos tengan razón y otros no. No. Aquí lo inquietante es que nuestro sistema judicial es una buena porquería. Y este tipo de atropellos y sentencias disparatadas existen, cuando no deberían ocurrir jamás.
“¿Qué hago aquí?”, se pregunta Moyano todas las noches. Y a mí lo que me preocupa es que nadie salga a protestar. Porque ya saben. Tenemos una clase política elemental y analfabeta y estéril que no sirve para un carajo.
La República, 27.09.2015

4 comentarios
Nopudo gastar mas en abogados, y porque no habla de papeles del terreno? ese es el punto.
¿ y que fue del abogado de Moyano?
es conocido en el vecindario ese cura catolico, porque aqui lo habla el cardenal copion
Quien es Moyano?