Matanza, saqueo e incendio de Chorrillos

Escribe: César Vásquez Bazán

Crímenes de guerra de Chile: repase de heridos, fusilamiento de prisioneros, violaciones, robo, destrucción e incendios generalizados.

Tufo racista de la soldadesca chilena.

El subteniente chileno Justo Abel Rosales, del Regimiento Aconcagua, participó en la Batalla de San Juan librada el jueves 13 de enero de 1881 y describió el Holocausto de Chorrillos en el cuarto capítulo de su obra Mi campaña al Perú: 1879-1881.

 

El cuadro pintado por Rosales complementa la crónica escrita por su compatriota Manuel Jesús Vicuña en su Carta Política. Rosales incluye precisiones sobre la carnicería de San Juan, el saqueo de Chorrillos, las disputas entre la soldadesca genocida –resueltas a balazo o bayonetazo limpio–, los robos perpetrados en las casas de la villa, las violaciones de “niñas peruanas” y, como telón de fondo permanente e interminable, el incendio por días de Chorrillos que arrasó la ciudad completamente.

Además, puede apreciarse en el texto de Rosales el odio y desprecio racistas del autor –generalizado entre muchos miembros de la sociedad chilena– en contra de los seres humanos a los que llamó “cholos”, “negros” y “cafres” peruanos.

Mi campaña al Perú: 1879-1881

Justo Abel Rosales

Textos seleccionados del Capítulo IV

En Perú: Las batallas de Chorrillos y de Miraflores

“Viernes 14 [de enero de 1881]. Campamento de Chorrillos.

Día memorable para mí será el de ayer jueves 13, en que nuestro ejército se tomó a Chorrillos...

Empezamos a subir una loma, que era el punto más bien defendido por los peruanos y que por esto mismo, fue el cementerio de los chorrillanos, por ahí quedó un alfombrado de cadáveres. Todo el trayecto que recorrimos al lado de un largo foso lo encontramos lleno de muchos centenares de cholos muertos de la manera más horrible. La lucha debió aquí ser tremenda. Parece que estas posiciones fueron tomadas a la bayoneta, porque no de otra arma eran las terribles heridas que tenían los enemigos. Una cuadra y media distante de nosotros, a nuestra derecha, divisamos algo que al principio me figuré grandes montones de ropa blanca, y sin embargo eran filas de muertos. La matanza aquí fue grande. Noté que chilenos no habría seis muertos por donde pasábamos. Yo deseaba salir de ese lugar repugnante, doblemente horroroso por el aspecto espantoso que tomaban los cadáveres, reventados de la cabeza los más, otros descuartizados, digo que deseaba salir de esas líneas de zanjas y por fortuna se nos llevó a la derecha, entrando a la parte cultivable y fértil de Chorrillos. Este nuevo camino estaba también con muchos cadáveres en sus inmediaciones. Uno de ellos estaba quemándose y era un negro de feísimo aspecto, aunque sobre esto último no hay que hablar, pues el cholaje muerto es de lo más feo que en mi vida he visto…

Casi todos nos acostamos en el pasto, rendidos como estábamos de cansados. Los soldados que habían quedado dispersos, y todos los que de propósito se quedan atrás de las compañías que llegaron formadas, empezaron a llegar al campamento con jarros, caramañolas y botellas todas llenas de pisco o vino. Otros traían conservas, gallinas, espejos, vestidos, quitasoles, y muchas otras cosas, y no pocos ostentaban en sus cabezas o en la punta de sus bayonetas quepis de soldados peruanos muertos o algún sombrero apuntado de coronel. Con todo esto la algazara que se formó entre los soldados fue cundiendo a medida que iban pasando larguísimos tragos del exquisito pisco, de modo que al entrarse el sol, la rasca [embriaguez] era ya tremenda y general. En el pueblo la borrachera subió de punto. Los soldados mataban, saqueaban y bebían a discreción. A la hora indicada gruesas y gigantescas columnas de humo se elevaban hasta las nubes, produciendo horrorosos incendios, en medio de la alegría general de los soldados de todos los cuerpos, ebrios de vino, de sangre y de victoria…

Serían las 9 p.m. cuando se ordenó mandar una compañía de avanzada en unión con otra de los navales. Aquí fue el apuro en que se vio el ayudante Nordenflycht para poder reunir la gente necesaria, pues el regimiento entero estaba iluminado [ebrio]... La Primera del Primero no pasó más de media docena de hombres, y así las demás; pero ninguno se podía parar derecho.

La noche estaba clara y el cielo enrojecido con el resplandor del incendio de Chorrillos... En los Navales habían tropezado con el mismo inconveniente que nosotros, pues la tropa había bebido también por jarros el pisco. Un oficial le dijo al segundo comandante que lo apuraba para que formara la tropa necesaria: “¡Pero señor, si todos están curados [ebrios]...!”… Acampamos no distantes del pueblo de Barranco que ardía como Chorrillos… Aparte del cansancio de las tropas, éstas habían bebido como odres y estaban inútiles en gran parte... Desde ese puesto de avanzada sentíamos la bulla de la soldadesca ebria del infeliz pueblo de Chorrillos. El incendio parecía crecer más cada momento. Detonaciones de rifles se sentían continuamente en el incendio, y eran balazos que se tiraban unos a otros. Esa fue la noche triste de Chorrillos… Lo que pasó después de la victoria es lo que comúnmente pasa en una población tomada a viva fuerza. ¿Y de qué otra forma le podemos hacer la guerra a estos cafres?...

Durante todo el día continuó ardiendo todo Chorrillos. Desde nuestro campamento vimos consumir por las llamas hermosos edificios de dos pisos, que parecían iglesias por sus miradores en forma de torres. Se mencionan muchas desgracias ocurridas. Una gallina llevada por algunos soldados era quitada a balazos por otros. La negativa de un trago de licor producía igual resultado. Todas las cuestiones las solucionaba la bala o bayoneta. Un cabo de nuestra banda (no se ha averiguado quién sería) pidió un trago de vino a un soldado naval; éste no quiso darle, y sin más que esto, el cabo lo mata de un balazo y se toma el licor. Varios soldados encontraron niñas peruanas, según creo, se encerraban con ellas para remoler [irse de jolgorio o parranda] en una casa, al son de un piano tocado por esas callosas manos chilenas. En la puerta de calle pusieron centinela armado de rifle y bien municionado. El que pretendía entrar, bala con él. En Chorrillos nuestros soldados se pusieron las botas…

Hasta muy entrada la noche anduvimos por los rieles. Nos acercamos al pueblo de Barranco y vimos que ardía un gran edificio. Desde esta distancia la costa de Chorrillos parecía una inmensa serpiente de fuego.

Sábado 15 [de enero de 1881]. Durante toda la noche iluminó el horizonte el gran incendio que empezaba en Chorrillos y terminaba en Barranco”.

Obra citada

Rosales, Justo Abel. 1984. Mi campaña al Perú: 1879-1881. Concepción: Universidad de Concepción, páginas 208-224.

 

Artículos relacionados

Holocausto peruano en Chorrillos

Estado chileno adquiere más tierra en el Perú

La masacre chilena de los trece bomberos italianos de Chorrillos

Lan al servicio del espionaje militar chileno

El saqueo de Lima y de la Biblioteca Nacional por el invasor chileno

Pistas del trasiego del hampa peruana a Chile

Premeditación, alevosía y ventaja en el saqueo chileno de la Casa de la Moneda de Lima en 1881

Más inversiones chilenas en el Perú para espiarnos