La sentencia del caso de Accomarca, aunque no satisface del todo a las víctimas de ese trágico episodio del conflicto armado, les aporta algo de paz tras más de tres décadas de busca de justicia y de lucha por recuperar la dignidad de un pueblo que, como muchos otros, fue víctima del fuego cruzado entre Sendero Luminoso y el Ejército.
Texto: Pablo Pérez Álvarez
Alivio. Eso es lo que han sentido los sobrevivientes y los familiares de los fallecidos en la matanza de Accomarca después de la condena de 10 militares por uno de los capítulos más oscuros del conflicto armado en el Perú. Aunque también algo de desasosiego porque siete de los acusados fueron absueltos, y preocupación porque nueve de los condenados no acudieron a la lectura de la sentencia y temen que podrían darse a la fuga.
“Ahora los familiares tenemos un poco de alivio”, asegura Cirila Pulido, que fue a su pesar testigo de excepción de cómo el 14 de agosto de 1985 miembros del Ejército maltrataban, torturaban y violaban a sus vecinos de Accomarca, en la sierra de Ayacucho, y luego los encerraban en tres casitas, los ejecutaban a tiros y granadazos y luego los quemaban. Entre las 69 víctimas mortales estaban su madre y tres de sus hermanos, de cinco, dos años y ocho meses de edad.
No es de extrañar su satisfacción, puesto que ella y otras decenas de sobrevivientes y deudos de las víctimas de esa macabra acción han estado 31 años luchando por justicia. Más de tres décadas soportando humillaciones, encubrimientos, indiferencia y la desidia del sistema penal especial para juzgar los crímenes cometidos durante el conflicto interno, que está resultando ser deficiente, lleno de carencias y que ha mostrado con ellos su lado menos sensible hacia las víctimas.
“Es indignante que los implicados no hayan estado presentes cuando dictaron la sentencia y que algunos por falta de pruebas han salido absueltos”, matiza Cirila. “Ahora nuestra preocupación es todavía porque no han capturado a los implicados”, alerta.
“Es indignante que los implicados no hayan estado presentes cuando dictaron la sentencia“
Han transcurrido 11 años, seis de ellos de juicio oral, desde que se inició el proceso contra 27 militares por la matanza de Accomarca, aunque la Justicia no ha podido sentar en el banquillo a 10 de ellos por no encontrarlos o, en el caso del jefe de patrulla Luis Robles, por estar huido en Estados Unidos. Además, otros dos no llegaron a ser sentenciados porque murieron en un proceso alargado de forma injustificada.
Peor aún, algunas de las víctimas “han fallecido esperando justicia por sus hijos, por su madre…”, lamenta Cirila.
Con la sentencia a 25 años de prisión como autores intelectuales a tres altos mandos militares, incluido el general en retiro Wilfredo Mori Orzo (jefe político militar de Ayacucho en 1985), a 24 y 23 años a dos de los jefes de patrulla que encabezaron el operativo, y a 10 años cada uno a cinco de los soldados rasos que participaron, ha concluido (al menos en espera de las muy probables apelaciones) una trágica historia que comenzó hace más de tres décadas, con la sangrienta guerra que desató Sendero Luminoso en la década de 1980 y que tuvo en el sur andino uno de sus escenarios más violentos.
Los antecedentes de la masacre
Accomarca es un distrito de la provincia ayacuchana de Vilcashuamán. Su centro urbano se encuentra en la ladera de una montaña a unos 3.300 metros sobre el nivel del mar. Situada a casi seis horas de viaje desde Huamanga, con el último tramo antes de llegar todavía de trocha, su población vive de la ganadería y la agricultura. Su tranquilidad se vio perturbada tiempo antes de la matanza de 1985. Y, desde luego, tardó mucho tiempo en recuperarla después.
Como tantos otros pueblos andinos, se vio atrapado entre los dos fuegos de Sendero Luminoso y el Ejército. Tanto uno como el otro arremetieron contra su población, acusándola en ambos casos de colaborar con el oponente. De hecho, “no solamente hemos perdido a los 69 (de la matanza del 14 de agosto de 1985) sino a 114, porque hubo muertes antes y después”, asegura Celestino Baldeón, vicepresidente de la Asociación de Víctimas de Accomarca, quien perdió a su madre en la masacre. “Y la matanza no fue solamente por los militares sino también por el mismo Sendero”, añade. Del total de víctimas mortales, 30 lo fueron a manos de los senderistas.
El informe que hizo la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) recoge que, ya en 1982, el grupo armado maoísta asesinó a las autoridades locales por negarse a dejar sus cargos. La situación, añade la investigación, empeoró a partir del año siguiente, cuando “este grupo subversivo adoptó una actitud mucho más coercitiva y asesinó a todo aquel que se mostrara en contra”.
Cipriano Gamboa, que ahora con 89 años es uno de los más viejos del lugar, estaba en esa época acercándose a los 60. Él vive en Lloqllapampa, una llanura a unos tres kilómetros del centro urbano de Accomarca, donde muchos vecinos tienen sus chacras y donde sólo van por temporadas, cuando tienen que cosechar o preparar la tierra para la siguiente siembra. En este lugar, situado bastante más abajo respecto al pueblo, es donde tuvo lugar la matanza en 1985.
El anciano cuenta cómo Sendero les obligaban a proveerles de alimentos bajo amenaza de muerte: “Una vez los terrucos vinieron a mi casa. Eran tres jefes. Me dicen: ‘Cuando vengan los compañeros guerrilleros tienen que darles de comer, si no, les matamos’”.
En una ocasión le pusieron en una lista negra por emplear la palabra ‘terruco’. Dos profesores fueron a avisarle de que habían decidido en una asamblea ejecutarlo y le dieron “una botella y media de trago de caña” para pasar el trance de forma menos angustiosa. “Me fui a la plaza y unterruco de Accomarca me dijo que era un soplón. ‘Vamos a matar a ese soplón de mierda’, me dice”. Pero él, envalentonado por el alcohol se defendió como pudo: “Yo soy progresista, ¿por qué me han puesto en la lista negra? Sí, yo he dicho ‘terruco’, no lo puedo negar. Disculpen, a partir de hoy ya no lo digo más”.
El Ejército trató de borrar las pruebas y eliminar a los testigos. No pudieron deshacerse de los restos, porque los sobrevivientes los habían enterrado
Su acusador lo llevó a una habitación, le dio un lapicero y un cuaderno y le obligó a anotar en él: “Vas a decir ‘compañero’, ‘guerrillero’, pero ya no dirás ‘terruco’. No obstante, “cuando llegué a casa, me limpié el culo con el cuaderno, chanqué el lapicero con una piedra”.
Leer la crónica completa: http://goo.gl/RyzRya
Fuente: Gran Angular
www.elgranangular.com
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2 comentarios
La raíz de este conflicto se llama Terrorismo, que sea SL, MRTA, no importa. Tampoco recuerdo que el Ejercito Peruano ni la Policía se hayan creado para aniquilar compatriotas, nunca, sin embargo se tienen que aclarar los excesos. Viva la democracia y viva el estado de derecho.
Educar a la gente
Si un peruano tiene armas, debe usarlas para recuperar Arica y Tarapacá; si no lo hace, es traidor a la patria. Lo que faltó es que los militares digan a los terroristas: «Señores, es rtraición a la poatria no recuperar Arica y Tarapacá; vamos y juntos destruyamos al enemigo chileno».