Por Nivardo Córdova Salinas (*)
De izquierda a derecha: Manuel, Oscar, Luis Alfredo y César Allain Santísteban junto a su querida madre e inspiradora de sus días: la gran cantante y excelentísima dama chiclayana doña Yolanda Santisteban Vásquez. (Foto: Archivo familiar)
Luis Alfredo Allain Santisteban (Lima 1961 – 2015) no se ha ido. Si se hubiera marchado, lo estaríamos buscando entre sus calles predilectas o entre sus poemas. Pero, a lo mejor, Alfredo sólo se ha dormido en un día de invierno, lluvioso y gris, sólo está pestañeando sin avisar, sin despedirse, sin haber entonado la “última canción”, con una sonrisa mágica en los labios y un viejo vals ausente en la respiración como tomando el ómnibus un día cualquiera en esta Lima que aún desde el cielo él sigue amando.
Luis Alfredo Allain Santisteban (Foto: Archivo familiar)
A esta hora en que el frío se empecina en regresar, a esta hora en que Lima parece estallar con nuevos e inapagables incendios, llevamos presente la memoria de Alfredo: el artista, el amigo, el poeta de la vida, el cajonero y cajoneador, el jugador estrella, el cantante bohemio, el pintor indiscutible, el fotógrafo de sol y sombras, maestro del periodismo real.
Quedan muy cortas las palabras, “queda chico” el diccionario para homenajear a un ser indescriptible. Los amigos y familiares, que lo extrañamos hasta las lágrimas, aquí nos hemos quedado más solos que Felipe Pinglo Alva con su guitarra en un callejón de Barrios Altos entonando “El huerto de mi amada”, nos hemos quedado más heridos que Lorenzo Palacios Quispe, “Chacalón”, cantando “Mi dolor”, nos hemos quedado más tristes que Manuel Acosta Ojeda componiendo “Madre”… Así estamos, repitiendo el viejo ritual de la soledad.
Y nos resta solamente caminar, caminar y caminar por Breña, a lo mejor el hombre reaparece con la guitarra y los pinceles, a lo mejor está bebiendo unas cervezas en Jesús María, a lo mejor nos está siguiendo…
Facsímil de la Libreta Electoral de Luis Alfredo Allain Santisteban.
Y tenemos que recurrir a su memoria y a sus papeles. Hurgar en sus bocetos y en sus fotografías, revisar sus documentos para constatar que está libre de todo tipo de ataduras terrenales. Y el recurso más seguro: ir a su casa y tocar su puerta. Preguntar por él, a ver qué nos dicen, qué de nuevo hay entre las cosas viejas y herrumbradas, qué noticia entre los vaivenes del dolor.
Sus hermanos Manuel, César y Oscar, y sus padres doña Yolanda Santisteban Vásquez (+) y don Oscar Allaín Cottera, todos ellos artistas, conservan de Luis Alfredo toda la esencia y la remembranza, al punto de que me siento como un invasor del silencio. Le decían, de cariño, “El Dormido”… Y sus hermanas Ender, María y Gina, lo están esperando para abrazarlo.
Facsímil del reverso de la Libreta Electoral de Luis Alfredo Allain Santisteban.
Manuel nos brinda, por escrito como una epístola desde altamar, los datos que todos saben y que nadie olvida:
“Luis Alfredo Allain Santisteban, nació un 14 de junio de 1961. Estudió primaria en la Escuela Fiscal de Breña Nº 608, ubicada en el Jr. Carhuaz, y secundaria en el Colegio “Manuel Vicente Villarán” de la Av. Arica. Sus estudios superiores los realizó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) en la Escuela de Comunicaciones en la Facultad de Letras. Desde muy pequeño se inició en la pintura bajo la atenta mirada de su progenitor Oscar Allain. Junto a las ciencias de la comunicación cultivó la música criolla, en la que se expresó con gran calidad en el canto y la percusión”.
Y agrega: “Su vocación artística tiene raíces genéticas a partir de su padre, el gran pintor nacional Oscar Allain Cottera. Hay que hacer notar su destreza en el dibujo. Lo evidenció desde muy temprana edad. Como Periodista prestó sus servicios en varios medios de comunicación; habiendo trabajado al lado del maestro César Lévanodescendiente del gran sindicalista de principios del siglo XX, luchador que junto con la masa obrera conquistaron las ocho horas del régimen laboral. Alfredo fue gran admirador de estos luchadores sociales. Siempre se sintió parte del pueblo y se identificó con su destino, los temas de sus lienzos ponen en evidencia sus sentimientos solidarios con los marginados”.
“Hay que hacer notar que tuvo destacada participación en su labor periodística en el diario El Cambio. A la vez que disfrutaba de su trabajo solazaba su alma artística en las peñas criollas Saycope, el Centro Cultural Felipe Pinglo y sobre todo El Tupuani, donde conoció a la compañera de toda su vida Doris Douglas quien lo acompañó hasta sus últimos días en los que se entrega al sueño final”.
No está demás agregar que a finales de los años Alfredo y Manuel formaron un dúo muy afiatado artística y genéticamente, lo cual despertó la admiración de propios y extraños”.
Con César y Óscar, hermanos de correrías y noches de poesía, había una complicidad permanente, donde los valses criollos eran el pretexto para soñar, para evocar con nostalgia “los días que vendrán”…
César, con quien te hemos recordado en un parque de Pueblo Libre, bajo los árboles y sobre el cemento, llora como un niño y es de verdad, es auténtico, es tan cierto que las lágrimas riegan el cielo. Césitar te recita un poema:
“Cuántas veces hemos postergado
nuestro viaje por un dolor.
Adelantaste tu partida
no me he acostumbrado a beber tu ausencia
Lloro como un niño, me vuelvo
a limpiar los ojos
te veo claramente…”
Y Leoncio Muñoz, el amigo generoso, te canta:
“He seguido
el eco de tus pasos
hasta donde se impone
el peso de todos los silencios…”
Oscar, inspirado en tu libertad, te dice al oído:
“Puliste temprano, prudente, tus alas,
envolviste prolijo, invictos tus sueños,
remontas sereno filosas escalas
a un mundo sin prisas, sin jefes, sin dueños…”
Alfredo, mi hermano: recuerdo cuando llegué a Lima a tocar la puerta de la casa-taller en Breña, donde trabajabas mano a mano con tu padre. Ya César me había hablado de ti en innumerables ocasiones. Me recibiste con los brazos abiertos, en medio de tus gatos y tus lienzos. Sacaste la guitarra y el cajón, nos pusimos a cantar, esperando que la vida se arregle o esperando recibir del cielo la paz en el alma…
En Lima, me enseñaste viejos callejones oscuros. La última vez que te vi, desde el umbral de tu hogar, estabas tocando el cajón y cantanto la canción “Madre”, de Manuel Acosta Ojeda, junto con tu familia, recordando a tu mamá, y con el dolor hasta el cielo diciendo: “Y dime hijo de mi alma para llorar contigo…”.
Me nace una canción en los labios, un vals:
Sabes que vengo
a despedirme
sabes que llevo
un enorme vacío
en mí.
Sabes que vengo a dejar mi olvido…
Manuel Acosta Ojeda, Carlos Hayre y Renzo Gil interpretan “Madre”:
(*) Nivardo Córdova Salinas (Cayaltí, 1969), periodista y escritor independiente. Ha laborado en la revista Caretas y actualmente es colaborador del diario La Industria (Chiclayo y Trujillo) y el diario oficial El Peruano. Obtuvo el segundo lugar en el Premio Nacional de Periodismo «Cardenal Juan Landázuri Ricketts» 2013 en la categoría Prensa escrita y una mención honrosa (2016) en la categoría periodismo digital por su blog https://nivardocordova.wordpress.com Ha publicado tres libros: Poesía ínfima, Oscuración y Obsesivo compulsivo.
