Luis Salazar Orsi
En el mes de octubre del año 2000 realicé una rápida disección a una llaga abierta ubicada en medio de ese organismo en descomposición que es nuestro descoyuntado país: Goncha, distrito de Asunción, provincia de Bongará, departamento de Amazonas.
I
En la sierra norte del Perú y en el corazón del departamento de Amazonas hay un pueblo en ruinas. Desde hace décadas sus hijos lo abandonan sin retorno: el lugar se encuentra despoblado, casi desierto. Y aún lo poco que le queda está siendo borrado paulatinamente por el lento y corrosivo aliento del tiempo. Destrucción y olvido. Vacío y soledad. El Perú está lleno de pueblos así, en franca descomposición.
Capital del distrito de Asunción, Goncha yace sobre una sugestiva elevación cubierta de verdor. Se trata en realidad de la falda de un cerro. La misma plaza central del pueblo está construida sobre este terreno inclinado. En Goncha se cultiva y beneficia papas, habas, maíz, maushán, palos maderables, y todavía existe —muy incipiente— la variada y pintoresca industria pecuaria de nuestras serranías: aves, cerdos, cuyes, ganado vacuno, caballar y caprino.
Como todos los pueblos pequeños de nuestro país, Goncha, que se encuentra aproximadamente a tres mil metros de altura sobre el nivel del mar, posee el mejor aire, la mejor agua y las mejores tierras para el cultivo y la alimentación humana y animal. Sin embargo, sus generosos pobladores languidecen en la extrema pobreza: hasta sus ropas de fiesta son solo jirones raídos, en ellas los colores pierden su lozanía y se confunden con el negro y el gris; sus miradas niñas y adolescentes son duras y profundas como el pedernal: el desencanto ancestral ha ido anidando en sus precoces conciencias; sus sonrisas sin dientes son una hábil muestra de la desgracia de vivir en un país de ladrones, asesinos y corruptos… Así, mientras los modestos pobladores gonchanos se asfixian en la miseria, en Lima engordan imperialmente las «vacas sagradas» de la patria. Entonces nos da la impresión de que aquella conocida y dramática metáfora (que, por cierto, no fue expresada por Antonio Raimondi) El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro resuena en Goncha como si estuvieran entonadas por las mismas trompetas del apocalipsis. O como decía con propiedad una modesta y sabia mujer ucayalina, parodiando a Aristóteles, el poder corrompe, el dinero envilece.
Y el centralismo perulero no solo ahoga con sus omnipresentes tentáculos a los pueblos del interior del país. Están también los otros centralismos: el local: la gente de Goncha vive mirando hacia Jumbilla, la capital provincial; el regional: las familias más antiguas han terminado por emigrar a Chachapoyas, la capital departamental; el costeño: vivir en Chiclayo o Chimbote es señal de la más alta ventura que imaginarse pueda; todos ellos rematados por el de Lima, una deslumbrante ciudad que —considerada casi una leyenda de ultramar— se vislumbra desde la colina gonchana como la gran metrópoli de todos los dioses, espejismos y encandilamientos.
II
La plaza central del pueblo es un espacio casi desierto. Allí no crece ni un solo árbol ni existe una sola banca para refugiarse o descansar. Una gran iglesia de piedra, barro y paja se levanta, agonizante, en un extremo de esta plaza. Hace dos años, los pocos gonchanos que aún quedan en el pueblo le cambiaron el techo de tejas por uno ligero, de calaminas. Los campanarios de ambos lados hace tiempo desaparecieron, pero aún quedan las campanas para repicar anunciando las fiestas y las celebraciones religiosas; a veces doblan por los muertos, muy escasos, en este pueblo sin gente y sin música. Dentro, un enorme altar tallado en madera, todo descolorido, se descascara y cae en pedazos. Sin embargo, la fachada de la iglesia es impresionante: construcción mixta, española y chacha, con piedras de grandes dimensiones y enormes cuartones de eucalipto ubicados en estratos y salientes repetidos a lo largo y ancho de las paredes y el techo. Como está, la iglesia de Goncha constituye una joya arquitectónica que tiene un símil mejor conservado en el pueblo de Chisquilla, perteneciente al mismo estilo y a la misma región.
Antes existían, en los cuatro ángulos de la plaza, sendas capillitas de reposo, donde «descansaban» las imágenes de los santos venerados, que eran sacadas en procesión en antiguas festividades religiosas. De las cuatro hoy quedan solo dos, una de ellas completamente reconstruida. La única auténtica que queda se mantiene en pie como por milagro. Consiste en una construcción de piedra de unos tres metros de alto por dos de ancho y dos de fondo, cuyo interior se encuentra totalmente pintado con bellos frescos multicolores en un estilo preciosista con aires coloniales: el «padre eterno» con el ojo divino encerrado en un triángulo, ángeles bigotudos armados con espadas, caritas de angelillos regordetes con alitas en las espaldas, la «virgen y el niño», etc., todos los dibujos con rostros de indiferencia y piel sonrosada de carnes abundantes; flores de todos los tamaños, hojas lobuladas en sinuosas enredaderas, etc. Indudablemente, esta extraordinaria capillita es la Sixtina de la sierra norte del Perú, pues, en mis viajes numerosos no recuerdo haber visto jamás nada similar en ningún pueblo peruano. Según la tradición, estos frescos fueron pintados por el artista amazonense Adolfo Vargas, nacido en el pueblo de Huancas y residente en tiempos pasados en la vecina ciudad Cajamarca. Junto a este artista se recuerda también a Miguel, emparentado con el primero. Ambos eran pintores y escultores. Tal vez existan todavía en otros pueblos serranos de la zona más muestras del talento de estos notables artistas populares, a quienes nadie conoce ni recuerda.
El cementerio —aunque hoy se encuentra casi desierto y abandonado a la frágil memoria de las estaciones— es otro lugar digno de verse, pues posee una singular entrada de barro y piedras que nos recuerda la fachada de la iglesia y que se extiende hacia los lados por medio de dos gruesas paredes con pequeños agujeros como ventanas y discurre ondulante de entradas y salidas construidas con grandes bloques de piedra hábilmente entrelazados, y otros, colocados al frente, con incrustaciones o toscos tallados en la roca viva, características que nos recuerdan a las grandes fortalezas pétreas de la cultura chacha.
Casi todas las calles del pueblo son inclinadas, zigzagueantes, cubiertas por un apretado verdor maravilloso de hojas menuditas, que se mezcla con los montoncitos oscuros que defecan los chanchos de Goncha, animales que se meten a depredar las chacras con cultivos propios y ajenos; algunos de ellos rubrican la nota pintoresca, pues andan con su tramojo, que consiste en un palo recto amarrado fuertemente a sus cuellos.
De este modo, las escasas casas de los vecinos gonchanos se confunden con sus huertas y chacras de cultivo: todo en uno y en el mismo espacio: vivienda, patio, corral, huerta y labrantío. Así, el hombre gonchano vive sus días en medio de su labor: vivir y trabajar para él son una sola cosa.
III
Cerros verdes y azules rodean el poblado, encrucijada de caminos y horizontes. Entre tantos pueblos que hay en los alrededores, he anotado en desorden los nombres de Zenla, Chiquilín, Yurmarca, Cuelcacha, Olleros, Quinjalca, Yambajalca, San Miguel, Pollán, Vista Hermosa y Jumbilla. Algunos de estos pueblos, en dirección Este, se dan la mano, unos tras otros, con la ancestral frontera de los departamentos de Amazonas y San Martín, que pasa por aquel punto culminante y necesario, lleno de historia y leyenda: la jalca de Pishcuhuáñuna, y por uno de sus extremos más antiguos: el poblado de Pucatambo, hoy Vista Alegre.
Tradiciones y leyendas gonchanas suele escucharse constantemente, como aquella del shapingo que enterró dos de las ocho campanas que estaban destinadas para la iglesia del pueblo. Como las campanas eran muy pesadas, solo trajeron en el primer viaje seis, dejando las otras dos para después. Cuando fueron a recogerlas, días más tarde, las dos campanas restantes ya no estaban, pues el diablo las había enterrado a buen recaudo. Y dicen que, antiguamente, los días martes y jueves se oía doblar estas campanas cerca del lugar de los hechos.
Goncha celebra, con el debido y tradicional exceso de comidas y bebidas, sus fiestas patronales el día 4 de octubre de todos los años, fecha del calendario católico donde se recuerda al santo de Asís, el pobrecillo Francisco. Encuentro una paradoja: excesos, carcajadas y complacencias de hoy se contraponen a la magra figura de aquel asceta que proclamaba obediencia y rigor, y que vivía de aire, renuncia y recogimiento.
La memoria oral gonchana es abundante, mítica, ancestral. Y sus misteriosos protagonistas son comunes en toda la zona, como, por ejemplo, la sombra, la huacahuillca, el yungaruna, la misha y los purunmachos.
En casi todas las colinas, pendientes y farallones que rodean el pueblo se encuentran entierros, sarcófagos y momias cubiertas de mantos bien conservados. Son los purunmachos o ‘antiguos’, es decir, la indeclinable presencia de la cultura chacha que predominaba en esta región, aun después del dominio inca.
IV
En 1968 y 1975, Gerald Taylor, un joven francés de origen australiano, estudiante de lingüística en París, recorrió la provincia de Luya, La Jalca y toda la zona del Alto Imaza estudiando el quechua chachapoyano y recogiendo los relatos que en esta lengua conservaban los naturales. En 2005 publicó el libro Relatos quechuas del Alto Imaza, donde registró los siguientes: Juan Oso, El zorro y la tumlla, El hijo del hombre, Tayta cura y el cantor, El zorro y el león, La huacahuillca y El venado de oro.
Los personajes protagonistas y los hechos relatados en ese libro también forman parte del ámbito cultural de Goncha, pues son reflejo de su idiosincrasia, sutil humor, visión del mundo, creencias, supersticiones, etc.
Resumo aquí uno de los más enigmáticos, La huacahuillca.
Un viejito de nombre Saturnino Sopla salió al amanecer a pastar su ganado, una vaca y dos terneras, hacia la jalca. Allí se encontró con un yungaruna que estaba hociqueando. (El yungaruna es un hombre que tiene una pierna verde y la otra roja. Además, usa una gorra listada.) Cuando vio al viejito, se molestó y le dijo: «Estoy cavando una mina de oro. ¡Me interrumpiste y te mataré!» Pero después le ordenó matar una de sus terneras y traer al día siguiente, a las tres de la tarde, cecina asada sin sal ni dulce y una talega de cancha de maíz blanco. «¡No demores!», le dijo. «Si demoras, ambos moriremos». Y luego añadió: «Si me traes esas cosas, te volverás rico, pues te daré una huacahuillca para que sea tuya.» Un tiempo después, don Saturnino, al dar de beber a su ganado, el agua empezó a crecer por debajo del bebedero, en medio de las piedras y las plantas. Con el agua vino la huacahuillca. Desde aquel día, las vacas, los caballos y las ovejas se aumentaron y el viejito se enriqueció. De pobre que era, se volvió rico. Cuando él y su mujer murieron, todos los animales se acabaron y la huacahuillca fue recogida por su dueño, el yungaruna.
V
En Goncha las orquídeas y bromelias crecen abundantes y lozanas por todas partes. Sin embargo, hay otras ciudades de la región que se autodenominan «capitales ecológicas o de la orquídea». Pero no. Goncha, con su mismo shungo repleto de bellas y exóticas orquídeas es, indiscutiblemente, «la capital peruana de las orquídeas», mientras que Moyobamba, por ejemplo, podría ser «la capital de los barrancos» y Jumbilla, sin duda, «la patria de la misha». De este modo, haríamos justicia a estas tres ciudades del nororiente peruano, y todos contentos. Goncha y sus abundantes orquídeas son, pues, un perenne homenaje a la vista, olfato y color: allí se confunden belleza y exuberancia por doquier: el rostro más hermoso del Perú, sin duda.
Hace cincuenta años Goncha era pascana obligada del antiguo camino que atravesaba la cordillera andina hacia la selva baja. Viniendo de la selva, después de la jalca de Pishcuhuáñuna, el camino que iba a Chachapoyas se desviaba hacia la derecha, en un tramo que terminaba en Jumbilla, ciudad que en la actualidad es capital de la provincia amazonense de Bongará y que se encuentra a solo una hora y media de camino carrozable desde Goncha, lo que antiguamente significaba una jornada completa por caminos de herradura. Junto a este camino se encuentra una gran catarata que todavía no tiene nombre ni presencia en el contexto turístico nacional. Y, sin embargo, por su belleza, entorno natural, altura y volumen de agua, es un bello e imponente gigante si lo comparamos con la cascada Ahuashiyacu de Tarapoto.
Con este camino carrozable, que la hace accesible en menos de tres horas a la carretera Marginal de la selva (hoy «Fernando Belaunde Terry»), en el punto de encuentro llamado «puente Vilcaniza», sobre el río Imaza, Goncha sueña con un futuro promisor. ¿Cómo construirlo si antes no se reconstruye la memoria y el camino antiguo hacia la selva?
VI
Otra singularidad: Goncha aún es pueblo andino quechua hablante. Hay gonchanos y gonchanas de alrededor de cincuenta años de edad que hablan todavía el quechua chachapoyano. He notado que emplean esta lengua en forma fluida cuando los lugareños se comunican con personas del entorno cercano o, cuando al dirigirse a un compueblano, quieren dar gracia y familiaridad a lo expresado. Los topónimos y apellidos chachas en esta localidad son frecuentes. Los gonchanos pronuncian la «ll» como nosotros, los selvícolas, pero no sonorizan ciertas consonantes, como sucede en nuestra región. Ejemplo: dicen wayunka y no wayunga, como acá, en San Martín.
Varios vecinos gonchanos fueron nuestros ocasionales informantes. Su generosidad y su confianza nos permitieron registrar estos breves párrafos dedicados a su impactante terruño. Nuestra gratitud a todos ellos, entre los que puedo mencionar a Maximiliana Quiroz Mas, de 53 años, vecina del barrio de Shambar; a Balbina Pilco de Puerta, catequista del pueblo; a la anciana Dorotea Mas Vargas, de 80 años, quechua hablante; a Agustina Goñas Arce, hija del «cantor» de Goncha, don César Goñas —ya fallecido—; a Emiliana del Castillo Puerta, de 63 años, quechua hablante, y a Alejandro Culqui Chasquibol, de 49 años.
Como podemos observar, el patrimonio oral, monumental, arqueológico, histórico y lingüístico de Goncha no es escaso. Está allí y es valioso, y, sin embargo, tiene en su existir el dramático destino de desaparecer, tal vez en el más corto plazo.
VII
Nuestra pequeña delegación de visitantes, entre los que se contaba un gonchano, un empresario turístico, un escritor, un chofer y un ingeniero industrial, ha trazado en Goncha un primer derrotero de esperanza: fomento del turismo; reconstrucción y conservación del patrimonio arqueológico y lingüístico; reconstrucción del tramo gonchano del antiguo camino que unía los dos océanos; cultivos alternativos; arborización de la plaza central; reforestación, orden y alegría.
Dura prueba para los gonchanos: girar el rostro y mirar hacia sus raíces; reencontrar los valores ancestrales de las laderas de sus cerros tutelares; revalorar las tradiciones y levantar su mejor capital: aire, orquídeas, tierra y lenguaje.
Rioja, San Martín, octubre de 2000.
Versión corregida y aumentada: febrero de 2015.
Foto: Ángela Saberein

4 comentarios
Bastante triste el Peru andino
Nuestra patria languidece por la putridez de sus dirigentes y gobernantes
No es para tanto, Goncha es un pueblo pujante y cada día se desarrolla más…
Una precisión, Goncha no pertenece a la provincia de Bongara, sino a Chachapoyas; y es el distrito más bello y acogedor de todo el Alto Imaza.