Jhon Valdiglesias Oviedo*
El debate sobre una eventual aproximación del Perú a la OTAN ha despertado reacciones previsibles: alarmas ideológicas, miedos geopolíticos y la falsa dicotomía de siempre, como si el país estuviera obligado a escoger entre Washington o Pekín. Ese enfoque es equivocado. El verdadero desafío —y la verdadera oportunidad— no es elegir un bando, sino aprender, por fin, a jugar estratégicamente en un mundo multipolar. Para el Perú, eso significa ejercer una neutralidad activa, no pasiva: aprovechar simultáneamente a la OTAN y a China para corregir debilidades históricas y potenciar su desarrollo.
El principal problema del Perú no es externo. Nunca lo ha sido. El problema central es interno y estructural: una debilidad institucional crónica que se arrastra desde la Colonia y que ha afectado de manera directa la capacidad del Estado para defender su soberanía, administrar su territorio y garantizar su seguridad. La historia es clara y dolorosa: el Perú ha tenido reiterados resultados negativos en la defensa de sus intereses estratégicos, no por falta de recursos o aliados, sino por la precariedad institucional y el bajo nivel de profesionalismo en sectores clave, entre ellos las Fuerzas Armadas.
En ese contexto, la OTAN no debe verse como una amenaza ni como un alineamiento automático, sino como una herramienta. Su principal valor no es militarista ni ideológico, sino institucional: estándares, doctrina, profesionalización, interoperabilidad, formación y control civil efectivo. Para un país que necesita modernizar sus Fuerzas Armadas y convertirlas en instituciones altamente profesionales, transparentes y subordinadas al orden democrático, ese aprendizaje es una oportunidad que no debería desperdiciarse. Fortalecer la institucionalidad de la defensa no es belicismo; es Estado moderno.
Al mismo tiempo, sería un error estratégico —y económico— pensar que esta aproximación debe hacerse en detrimento de China. China ha demostrado, en la práctica y no en el discurso, que permite relaciones múltiples siempre que no exista una postura abiertamente hostil o antichina. La relación Perú–China ha sido una de las más fructíferas de la región: inversión, comercio, infraestructura y proyectos de largo plazo. El puerto de Chancay no es solo el más ambicioso de América del Sur; es una señal concreta de integración logística, comercial y productiva con Asia-Pacífico.
China ofrece al Perú algo que históricamente ha sido escaso: infraestructura como base del desarrollo. Carreteras, puertos, energía, conectividad. Además, ofrece modelos de crecimiento donde la inversión en infraestructura no es un complemento, sino el eje central de la transformación económica. La Iniciativa de la Franja y la Ruta no es un dogma ideológico; es un proyecto de conectividad global que, bien gestionado, puede aumentar el comercio, la productividad y el crecimiento económico peruano.

Por eso, el dilema OTAN versus China es falso. El Perú no gana nada renunciando a uno para agradar al otro. Gana cuando utiliza a ambos con inteligencia. La profesionalización militar y el fortalecimiento institucional pueden venir del vínculo con la OTAN; el crecimiento, la infraestructura y la inserción productiva pueden profundizarse con China. La clave está en la gestión política: claridad de intereses, autonomía decisional y ausencia de alineamientos automáticos.
Esta es la esencia de la neutralidad activa: no quedarse al margen, no esconderse, no obedecer; participar, negociar y beneficiarse. Neutralidad no es pasividad. Neutralidad activa es saber decir sí cuando conviene y no cuando corresponde. Es construir capacidades internas para que ninguna potencia dicte la agenda nacional.
El Perú tiene hoy una oportunidad histórica que pocas veces ha tenido: fortalecer su institucionalidad, profesionalizar sus Fuerzas Armadas, modernizar su infraestructura y sostener su crecimiento económico sin entrar en conflictos innecesarios entre grandes potencias. Lograrlo dependerá menos de la OTAN o de China y más de la madurez estratégica de su propia clase dirigente. Si el Perú aprende esta vez, no será un peón en el tablero global. Será, por fin, un jugador.
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* Investigador del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CEAS). Doctor en Economía Internacional por la Universidad de Economía y Negocios Internacionales (UIBE), China. Máster en Estudios Asia-Pacífico con especialización en China por la Universidad Nacional Chengchi (NCCU), Taiwán.
