por Herbert Mujica Rojas
Anuncia el alborozado representante del Consejo Empresarial peruano–chileno, José Miguel Morales, que en cita sostenida con la presidenta Michelle Bachelet, ésta les aseguró que el Tratado de Libre Comercio (TLC) bilateral entrará en vigencia el primero de marzo de este año. Conviene señalar que en el país del sur tanto Diputados como Senadores otorgaron su aquiescencia para lo que allá —como en cualquier parte del mundo— constituye un acuerdo o tratado internacional que demanda los refrendos nacionales. ¿En qué momento el Congreso ha ratificado semejante convenio con Chile?
¿Cómo pueden estar tan tranquilos los analistas, estrategas, politólogos, y demás istas que crecen bajo cada piedra de cualquier camino en Perú con un panorama ya enrarecido por las añagazas del tema limítrofe con Chile y que arranca con decibeles fuertes en marzo? La ociosidad tradicional pretende obviar que es Perú quien arrincona a Chile ante La Haya y no a la inversa. Por tanto es obligatorio guardar los flancos a todo nivel. No obstante los saboteos vergonzosos que protagoniza Cancillería y su titular con requiebros antihistóricos y a pesar de tanta ignorancia que amenaza con volverse, al lado del pan y la mantequilla, en parte del desayuno cotidiano embrutecedor que brindan los canales televisivos con tantos crímenes, violaciones, incendios y bombazos mañaneros.
A medio camino, en cualquier mes, no debería extrañar que propios y extraños, aquí o en el sur, interfieran en el desarrollo sano del supuesto TLC con Chile y con la sola pregunta puntual: ¿dónde está el acuerdo del Congreso peruano que otorga validez e igualdad de jurisprudencia al Tratado suscrito por Diputados y Senadores meridionales? La respuesta será entonces: ¡no, no existe esa convalidación! La interrogante surgirá sola: ¿hay legitimidad en lo que sólo una parte otorga su ratificación constitucional? Hasta donde se sabe en esta clase de arreglos, son los países intervinientes y sus protocolos, los que otorgan cuerpo, esencia y vida a los tratados integralmente considerados.
En Perú hay un ominoso complejo de silencio adentrado y que proviene desde 1879 año infausto que señala el inicio de la guerra de rapiña que Chile emprendió contra Perú. Se evita, distorsiona, enmascara, edulcora cuanto ocurrió. Se culpa a los chilenos de todo para evitar el juicio autoinquisitivo que audite las imbecilidades de las clases dirigentes nativas traidoras y sucias pero que, merced a historiadores plásticos y endogámicos, han legado sus nombres a plazas, avenidas y calles a lo largo y ancho de la república. El soldado desconocido y la rabona histórica, siguen aguardando el gran homenaje a sus cobrizos rostros y trayectorias memorables que la nación les debe. Pero eso aún es impensable porque quienes detentan el gobierno de gran parte de los medios y del gobierno episódico y burocrático son descendientes de no pocos de esos héroes de juguete, payasos que robaron glorias ajenas y que manipularon la historia para contarla según sus intereses castradores. Y eso dura hasta nuestros días. Nadie quiere meter diente al asunto de crítica constructiva y redescubrimiento de la historia. Se nos cantan himnos integracionistas en nombre de la paz ¿qué paz, hay que preguntarse?. Se financian quintacolumnas para que entonen himnos a la inversión extranjera y se evita preguntar si lo legal es legítimo aunque se tumben leyes, horaden soberanías, fusilen honras, invadan cerebros y mentes para volverlas más papistas que el papa.
Reiteremos pues el dardo: ¿por causa de qué el Congreso, Establo de la Plaza Bolívar, declinó su participación en un asunto de tanta importancia?
¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!
¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!
¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!
¡Sólo el talento salvará al Perú!
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