Después de eso, la Valenzuela, en tono de solemne proclama, comenzó a dar clases de ética periodística, diciendo que a los periodistas no se les da órdenes.
Por supuesto sólo ella cree en su propio teatro, sólo ella cree que no recibe órdenes de Palacio, que no recibe órdenes de Ivcher, que no recibe órdenes de nadie. Sólo ella cree que la mermelada no existe, que los cheques de 20 millones no existen, que Ivcher y ella son tan puros como la paloma más blanca.
Hay formas de proyectar la imagen propia, hay maneras de desarrollar credibilidad, pero se debe hacerlo sin engañar. Lo de la señora Valenzuela hace recordar las peleas de box amañadas con arreglo previo ("tongo"), que el público ve con entusiasmo, sin saber que todo ha sido arreglado de antemano.
La televisión, para nuestro mal, en realidad incurre en abuso de las radiofrecuencias, y no se está caracterizando por presentar un periodismo independiente, antes que periodismo podemos decir que nos inundan con ventrilocuismo.

2 comentarios
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