La madrugada limeña fue refrescada con abundante lluvia en el mes que se ha tornado el más caluroso de los últimos 19 años, en una ciudad donde no se conoce lluvia, sino garúas de julio a setiembre.
Aunque ha sido un alivio para parques y jardines, algunas zonas bajas sin desfogues se han visto anegadas, en especial en los distritos de Comas y San Juan de Lurigancho, lo cual dificulta el tránsito vehicular.
La lluvia comenzó aproximadamente a las 02:00 h y se prolongó hasta cerca de las 05:00 h, en que comenzó a disminuir la cantidad de precipitación, para cesar alrededor de las 06:00 h.
Katy Rivera, meteoróloga del Senamhi, explicó a RPP que el fenómeno es causado por las fuertes lluvias en la Sierra que transvasaron hacia Lima. «No se descartan que hayan más lluvias de transvase para las zonas costeras. En Lima se espera que se mantenga en condiciones nubladas y puede que en la tarde haya más lloviznas», agregó.
Ha habido escasas ocasiones en que Lima ha experimentado lluvias, siendo una de las más notorias la del 15 de enero de 1970, En el zanjón entre Javier Prado y la Avenida Arequipa, un conductor debió salir nadando de su vehículo.
Juan Orrego Penagos realiza un recuento de lluvias históricas en Lima en su blog http://blog.pucp.edu.pe/blog/juanluisorrego/2010/03/30/lluvias-historicas-en-lima/
Según los testimonios del siglo XVI, cuando Francisco Pizarro bajó de Jauja para buscar un sitio donde fundar una ciudad en la costa, el curaca de Pachacamac le recomendó el señorío de su cuñado, Taulichusco, curaca del Rímac, donde había más tierras y mucha agua. Pizarro, convencido, fundó entonces, al lado del Rímac, la Ciudad de los Reyes. Cuentan que cuando la gente de Pachacamac se enteró de lo sucedido, bailó de contenta: “Ahí van a perecer enmohecidos todos estos castellanos odiosos”, dicen que comentaron. Varios años después de la fundación de Lima, en 1553, el cronista Pedro Cieza de León, que no fue tan incauto y recorría el Perú, escribió así sobre nuestra ciudad: “Ni llueve, ni caen rayos, ni relámpagos, ni se oyen truenos, antes siempre está el cielo sereno y muy hermoso”. Sin embargo, a pesar de esta sentencia, ha habido momentos en que severos aguaceros han azotado la capital del Perú.
1877.- El 31 de diciembre de este año, cuando los limeños tenían todo organizado para recibir el Año Nuevo, a las 4 de la tarde se desató una feroz lluvia, casi una tempestad, con relámpagos y truenos, que aterrorizó durante 15 minutos a los poco más de 100 mil habitantes de la ciudad. Cuentan que, al principio, algunos creyeron que se habían adelantado los fuegos artificiales a la fiesta, pero pronto se dieron cuenta de que se trataba de algo absolutamente inusual. Según el diario El Comercio, las mujeres se desmayaban en plena vía pública y muchos hombres corrían a la iglesia más cercana a pedir perdón por sus pecados. De acuerdo a los pensamientos de la época, Dios había decidido acabar con el mundo el último día de 1877 y se lo estaba anunciando a los limeños con rayos, truenos y relámpagos. Vale decir que El Comercio, para tranquilizar a sus lectores, publicó en su edición de la tarde una documentada nota en la que explicaba, sobre la base de la ciencia meteorológica, las razones de tan extraño fenómeno atmosférico y advertía que no había motivos para pensar en el fin del mundo. En cambio, lo que preocupaba al diario eran las consecuencias que esta tempestad tendría para la agricultura. Ahora sabemos que lejos estaban aquellos limeños de saber que habían sido testigos de una manifestación extrema de uno de los 26 fenómenos de El Niño que asolaron nuestro país (y nuestra Lima) en el siglo XIX.
1891.- En abril de este año, una intensa lluvia hizo desbordar el Rímac, lo que inundó los barrios de San Francisco y Monserrate; esta vez, la ausencia de rayos y truenos tranquilizó a los limeños.
1925.- En pleno gobierno modernizador de Leguía, el 7 de marzo de 1925, El Comercio informaba de las fuertes lluvias que en el norte del país arrasaban con poblados enteros. Luego, el 12 de marzo, el diario publicaba la noticia más temida: “En la madrugada del martes, a eso de las dos de la mañana, comenzó a caer sobre Lima un terrible aguacero, en forma violenta e inusitada”. Era otra vez El Niño, esta vez “de gran intensidad”, que trajo huaicos e inundaciones en todo el país (“La ciudad de Trujillo ha sido destruida” fue el título del 18 de marzo de 1925), además de truenos y relámpagos. Pero ahora nadie creyó en una profecía bíblica; más bien, la preocupación de los limeños era la falta de abastecimiento en los mercados y el colapso de los principales servicios: Lima se había quedado sin electricidad y sin alumbrado público. En efecto, durante casi dos semanas, las calles de nuestra ciudad permanecieron a oscuras, pero apunta El Comercio: “A pesar del soplo de tragedia, Lima presenta un aspecto pintoresco… De pronto, el poderoso foco de un automóvil rompe la oscuridad reinante y luego otro y otro, para volver enseguida a las tinieblas de antes”. Finalmente, fieles a nuestra fama de ingeniosos, en El Comercio empezaron a aparecer avisos que resolvían el problema del alumbrado con “una lámpara de gasolina, muy segura y muy brillante”.
1970.- Todavía hay limeños que recuerdan el 15 de enero de 1970, cuando Lima volvió a soportar una lluvia de características bíblicas. “Lima sufre la mayor lluvia de los últimos 45 años”, indicaba El Comercio al día siguiente. Durante las 5 horas que duró el “diluvio”, 17 litros de agua cayeron por metro cuadrado (lo que la ciudad recibe en 8 o 9 meses), según el SENAMHI. Tanto llovió que más de 2 mil viviendas se vinieron abajo; además, se anegó por completo la Vía Expresa (el “Zanjón” quedó inutilizable durante días), 2.500 teléfonos dejaron de funcionar, hubo 150 amagos de incendio, las instalaciones del aeropuerto Jorge Chávez quedaron seriamente dañadas y la capital quedó aislada (Huaraz, por ejemplo, solicitó un puente aéreo con Lima). Un hecho insólito fue ver discurrir el agua, en forma de cataratas, en la quebrada de Armendáriz, en Barranco. Para los especialistas, de haber durado un poco más la lluvia, Lima hubiera vivido una verdadera catástrofe, su eventual desaparición.
1998.- Esta no fue una lluvia sino algo que nunca nadie pensó: que un lodazal, un huayco, llegaría a las puertas de Lima, a 80 metros del Palacio de Gobierno. Sí, el 23 de febrero de 1998, un torrente de piedra y lodo, producido por un huayco, sorprendió a miles de limeños. Todavía recordamos las imágenes en que las aguas del río Huaycoloro (que prácticamente nadie sabía de su existencia hasta ese día) pasaron con furia por Campoy, Zárate, Rímac y el Trébol de Caquetá, y avanzaron hasta casi llegar a la avenida Perú. En el Rímac, donde el torrente llegó a alcanzar el metro de altura, uno de los cuatro estacionamientos de la Plaza de Acho quedó anegado; luego el aquel lodo avanzó por los jirones aledaños y se detuvo en las puertas del Convento de los Descalzos. En El Comercio se publicó una impresionante imagen del río de lodo y piedra, tomada desde el aire, que mostraba cómo ni siquiera la capital del Perú era inmune a las inclemencias del clima y los caprichos meteorológicos. Con vías bloqueadas por el fango y cientos de familias preocupadas por los suyos, el caos y la desesperación estuvieron a punto de apoderarse de la población, que vio cómo empezaban a producirse actos de pillaje. El oportuno desplazamiento de militares y la rápida intervención de las autoridades impidieron que la tragedia cobrara víctimas mortales.
