Por Hernán de la Cruz Enciso (*)
“Lambras se llamaba ese pueblo hace noventa años, pero no diré cómo se denomina ahora para que los lectores de los siglos venideros no pierdan el tiempo buscándolo en el mapa. Durante trescientos años se llamó igual que un riachuelo de aguas teñidas por los pigmentos de la cordillera y otros trescientos años cargó sobre las espaldas el color de unas rocas que cayeron del cielo, y por doscientos años tuvo por identificación el apellido de un pájaro vestido de harapos cuyo trabajo consistía en anunciar el nuevo día. Son pues los accidentes de la historia, el destino de todo pueblo andino que va cambiando de nombre de acuerdo a la voluntad de sus ocupantes temporales. Sobran ejemplos. En mi infancia conocí un pueblo que tenía el espumante sabor de la chicha de molle (Yana Aja) pero por capricho de sus propios hijos sufrió después un accidente sonoro y por poco se convierte en bosta de vaca (Yanaca). A otro pueblo denominado Jala Pampa –porque allí no crecía ni paja– le salieron barbas desde que el patrón ocasional le puso el nombre de un predicador del medioevo”.
Más o menos así comienza mi nueva novela que se publicará, en Argentina, este año. El nombre será definido por los editores. El año pasado se publicó en España Por las tetas de Miriam (http://buzondazibao.blogspot.pe/2016/02/por-las-tetas-de-miriam-hacia-el.html), una novela que recuerda, desde la reflexión, la guerra absurda que sostuvimos los peruanos a finales del siglo pasado. Este nuevo libro debió publicarse inmediatamente después, en diciembre, pero me lo impidió el perfeccionismo que se me pegó al pellejo, como una lapa, en los años en que pasé por los periódicos de Lima corrigiendo galeras. Es una grave enfermedad de los escritores que alguna vez fuimos correctores, tan absurdo que a veces ponemos una coma en la mañana para luego borrarla en la noche.
Como el anterior, este libro aborda el mundo andino desde la Historia y, sobre todo, se interna en los laberintos topográficos de Apurímac. La novela se ubica en el siglo veinte, cuyos antecedentes históricos (con sus guerras de caudillos y las peleas domésticas de pueblecitos contra pueblecitos) se encuentran, naturalmente, en el siglo anterior. Abarca desde el día en que los muchachos enamoraban a las muchachas con cartas de amor (a veces las cartas eran respondidas en meses, a veces nunca) hasta los días del celular. Desde que se viajaba en burros y caballos por caminos que saltaban ríos y se desplegaban, como serpientes, por laderas empinadas, hasta el día en que los carros amenazan con firmar la extinción de burros y caballos. Desde el día en que tres apurimeños llegaron a ser presidentes de la república gracias a la espada y a la escopeta, hasta el día en que la región entera está a punto de convertirse en bocadito de las transnacionales mientras los jóvenes bailan y beben licor, felices, en una avenida llamada Arenas.
No creo que sea un libro de entretenimiento. No escribo para eso. Pretendo que cada línea sea un tambor que, incesantemente, esté sonando en nuestras puertas, recordándonos de dónde venimos; en suma, que sea un tábano de la conciencia. No solo para los apurimeños porque esta región es la radiografía en pequeño de lo que sucede en todo el país. Es cierto. No soy apurimeño. Vengo de un pueblo ayacuchano, el valle del río CEhicha, pero me une al departamento de Apurímac la sangre de mis ancestros y de mis hijos. De allí el compromiso de conocer y hacerlo conocer ante el mundo, siguiendo el legado de Arguedas. Un homenaje a la tierra del Taita, quien dedicó su primer libro, sin ser ayacuchano, a mi pueblo, Larcay, y describió las pampas del Misitu, Qoñani, donde crecí cabalgando en caballos enanos y pescando truchas enormes como amarus.
(*) Escritor y periodista.
http://tankaramaru.blogspot.pe/
