por Rodrigo Montoya Rojas, r.montoyarojas@gmail.com
En mi texto ¨Con los rostros pintados, Tercera rebelión amazónica¨ (Montoya, 2009) hice una detallada descripción de la rebelión amazónica y traté de mostrar su potencialidad política para el futuro de Perú. En el artículo siguiente ¨Los puentes después de Bagua¨ (Montoya, 2010) sostuve que luego de la rebelión de Bagua se abriría para Perú una segunda oportunidad, luego del fracaso de la posible alianza de todas las fuerzas de izquierda con Hugo Blanco y de la alianza restringida que se llamó ¨Izquierda Unida¨. En este artículo me parece importante señalar el peligro que aparece en el horizonte para perder esta segunda oportunidad, luego de lo ocurrido el 23 de setiembre último cuando el anunciado lanzamiento de la candidatura presidencial de Alberto Pizango fue suspendido sin ninguna explicación seria.
Los gobiernos de Toledo y García (2001-2010) reprodujeron y reproducen el esquema de este desarrollo capitalista heredado de fujimorismo sin ninguna crítica o variación importante. Dentro de esa lógica, Alan García, llegó a creer que la Amazonía sigue siendo una tierra baldía y que los recursos allí existentes, como formal propiedad del Estado debieran ser entregados a empresas multinacionales y nacionales a través de concesiones. Nunca entendió lo que la Amazonía es y significa para el futuro del país, ignoró los derechos existentes y ganados de los pueblos indígenas con sus casi doce millones de hectáreas de territorio oficialmente reconocido como propiedad de las comunidades nativas y diversas reservas más. No vio seres humanos en los pueblos indígenas sino simplemente “perros de hortelano” que no comen ni dejan comer el petróleo, gas, oro, maderas y otros recursos que hay en sus territorios. No aceptó nunca el derecho de los pueblos indígenas a tener propiedad colectiva de sus territorios y por eso, quiso imponer la privatización de las tierras comunales. Por todo eso y por más, los pueblos amazónicos dijeron basta.
La Rebelión de Bagua ha sido un hecho político de primera importancia y ha colocado al movimiento indígena amazónico y a su dirigente mayor Alberto Pizango en el centro de la escena política nacional. Este movimiento ha sido y sigue siendo la única oposición real al régimen de Alan García y podría ser el punto de partida de una alternativa política nueva para el país. Para eso, la clave es una amplia política de alianzas entre los pueblos indígenas amazónicos y andinos; entre estos y los migrantes andinos y amazónicos que viven en Lima y en las grandes ciudades de Perú. Si este bloque fuera construido, faltarían nuevas alianzas con los trabajadores organizados en la Central General de Trabajadores del Perú, los campesinos de la CCP y la CNA los maestros, intelectuales y profesionales, los estudiantes, las mujeres, los artistas populares y los movimientos que defienden sus diferencias sexuales. Si se trabaja desde abajo, siguiendo el ejemplo ecuatoriano de la CONAIE, este desafío podría ser alcanzado en unos 10 o 15 años.
Cuando se produjo la reunión de AIDESEP, CONACAMI, CCP y CNA, en agosto, para iniciar un proceso de búsqueda de firmas y lanzar posteriormente la candidatura del hermano Alberto Pizango, expresé mi apoyo a este proceso y las ideas que acabo de mencionar nuevamente en este texto.
Me hubiera gustado participar en reuniones de trabajo para analizar la situación política del país, pero no fui convocado a ninguna reunión. Cuando el 23 de setiembre fui al Hotel Bolívar, invitado dos días antes, la conferencia de prensa había sido suspendida y los asistentes estaban en la Plaza San Martín esperando la llegada del hermano Alberto Pizango. El no llegó, y no hubo ninguna explicación seria de lo ocurrido. Los medios de comunicación informaron sobre problemas en AIDESEP y he visto también algunos textos de dirigentes de AIDESEP que no aceptan la candidatura y exigen que antes de ese lanzamiento haya un acuerdo pleno de todas las bases de AIDESEP. Lo que acabo de mencionar es suficiente para extraer dos conclusiones: Una, si AIDESEP no tiene un respaldo firme y unido a Alberto Pizango se trata de un mal comienzo y ya sabemos: lo que comienza mal, termina mal. Dos, si no hay una sólida política de alianzas primero en el bloque propiamente indígena y, luego, con las organizaciones amigas, el movimiento nace débil y su éxito futuro tiene más sombras que luces.
Con las elecciones municipales y la emergencia de Susana Villarán en el escenario político de Lima aparece un nuevo elemento político que debe ser examinado con toda la atención debida. Aun en la eventualidad de que Susana Villarán no ganase la alcaldía de Lima, ella ya está convertida en dirigente nacional de un movimiento que por el momento apunta a una nueva esperanza de lo que comienza a llamarse una “izquierda moderna” o social demócrata. Las fuerzas de derecha han entendido muy bien esta novedad, se han unido en un bloque grande que además del Partido Popular Cristiano, PPC, incluye a toda la cúpula oficial del Apra, al fujimorismo, al toledismo y a la organización de Castañeda y a los grandes medios de comunicación en la TV, la Radio y los diarios, y apelan al miedo a los fantasmas de Patria Roja, el MRTA y Sendero Luminoso para derrotar a Susana Villarán. Tienen clara conciencia de que una derrota de Lourdes Flores pondrá en peligro la victoria de Castañeda en las elecciones presidenciales, el regreso de Alan García en 2016 y la inmunidad e impunidad para todos ellos y los grandes empresarios a quienes les gustarían asegurar por diez años más el control de la economía y la política en el país. Fujimori quiso gobernar 20 años o 30. Gobernó diez. Luego, Toledo gobernó 5 años sin cambiar las bases neoliberales y fujimoristas de la economía y Alan García logró otros cinco años más en objetiva alianza con los fujimoristas. La posibilidad de no gobernar en los próximos diez años con Castañeda y Alan García les parece un “horror de horrores”.
Lo que acabo de decir sobre la nueva coyuntura política post elecciones municipales agrega una enorme dificultad más al proyecto electoral de una alternativa política nueva con el movimiento indígena amazónico y andino a la cabeza.
Antes de dar un paso adelante, sugiero examinar a fondo la situación para no seguir cometiendo errores. Lo central es construir una política de alianzas de organizaciones indígenas, campesinas y migrantes, como base y punto de partida. Sin esa base el lanzamiento de la candidatura de Alberto Pizango podría caer en el vacío.
