El Romano Pontífice suscribe la encíclica
Por el 135.º aniversario de la encíclica Rerum novarum, del papa León XIII, León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica humanitas, sobre la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) en la era de la inteligencia artificial.
“La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”, indica el incipit de la encíclica sobre la “custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial”, que resume la esencia del documento de cinco capítulos, publicado este lunes 25 de mayo,
Señala que dado aunque la tecnología no es una “fuerza antagónica respecto a la persona”, ni “un mal en sí misma”, “no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”, por lo cual debe emplearse para “construir en el bien” y “permanecer humanos”, siguiendo la lógica de la corresponsabilidad valiente, de la subsidiariedad, de la comunión, para que el mundo pueda reconocer en el corazón del ser humano el lugar donde Dios desea habitar.
En el segundo capítulo enumera los Fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia: entre los primeros, incluye la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Indica que “la presión de nuevas ideologías y de determinados intereses muy poderosos” puede reducir a la persona a “un recurso que se usa y se explota” o a “lo que realiza o produce”, pero “la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada”.
Un segundo fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia es la inviolabilidad de los derechos humanos, entre los cuales el primero es el derecho a la vida “desde la concepción hasta su final natural” y establece que el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia son “decisiones gravemente ilícitas”.
El tercer fundamento es el reconocimiento de los derechos de las minorías, con especial atención a las mujeres, por lo que solicita “decisiones concreta”» en las leyes, en el trabajo, en la educación, en las responsabilidades sociales y políticas, para que sean verdaderamente escuchadas y valoradas.
Es inmoral e inaceptable eliminar o someter a una nación
De los principios de la DSI, son cinco: el primero es el bien común, “forma social de la dignidad reconocida a cada uno” y subraya enfáticamente que “la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones”. En consecuencia, “cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable”.
La tecnología no debe concentrarse en manos de unos pocos
El segundo principio se refiere a la destinación universal de los bienes: aquí y en otros puntos de la encíclica, León XIV insiste en la necesidad de que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, alimentando la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital. De ello se derivan el tercer y el cuarto principio:, la subsidiariedad que exige superar el paternalismo y el asistencialismo en favor de la corresponsabilidad; y la solidaridad, “principio y virtud” que se opone a la indiferencia y tiene en cuenta a los pueblos y a las generaciones futuras.

La justicia social y los migrantes
El quinto principio de la DSI señalado por el obispo de Roma es la justicia social: en la era digital, debe garantizar a todos un acceso equitativo a las oportunidades, proteger a los más frágiles, combatir el odio y la desinformación, someter a control público el uso de los datos y las tecnologías, “de modo que el criterio no sea solo el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”.
Sobre los migrantes, los refugiados y los desplazados, señala que la forma en que la sociedad los trata demuestra “si la idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”, por lo que insta a custodiar “el derecho a la esperanza” de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; como a promover “el derecho a quedarse” de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, abordando “las causas profundas” de las migraciones.
Se necesita un código ético compartido sobre la IA
El tercer capítulo, Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA, trata de la inteligencia artificial y advierte contra el “paradigma tecnocrático por el cual toda elección viene dictada exclusivamente por parámetros de eficiencia y beneficio. Por el contrario, la tecnología más potente no es necesariamente la mejor: la IA puede imitar y simular al hombre, pero no posee conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual. Por lo tanto, es necesario abordar la IA con sobriedad y vigilancia, manteniendo la claridad sobre las responsabilidades de todas sus etapas (accountability) y apostando por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente y la educación de los usuarios. Sobre todo, se necesita un código ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque “no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos”. Ello, recordando el impacto ambiental de las nuevas tecnologías, que requieren grandes cantidades de energía y agua, afectando a las emisiones de dióxido de carbono y dañando la Creación.
Desarmar la IA y sustraerla de la lógica competitiva
Hay que «desarmar la IA» —insiste León XIV— para sustraerla de la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva; para romper la equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los monopolios e impedir que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y ecológica porque la IA «ya es el entorno en el que estamos inmersos y el poder con el que debemos contar» (110). Se dedica un amplio espacio a la crítica del transhumanismo y del poshumanismo, que interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano. En cambio, el límite no es un defecto que haya que eliminar, sino una dimensión constitutiva de la persona, porque «el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite» (118), reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que maduran la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.
Advierte que hacer crecer la técnica eliminando los límites de lo humano significa hacer retroceder el corazón. Magnífica y, sin embargo, herida, la humanidad “no debe ser sustituida ni superada”. La tecnología puede aliviar sus sufrimientos y abrirle nuevas posibilidades, pero no debe negarla en lo que le es propio: “la capacidad de relación y de amor”. La verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir el progreso: al servicio de la persona y de los pueblos o de las lógicas de poder. Una elección que nos concierne a todos: «”a construcción de Babel o la de Jerusalén”, las dos “ciudades” del hombre y de Dios señaladas también por san Agustín, comienza por cada uno.

En la escuela se debe aprender a buscar y amar la verdad
En el cuarto capítulo – Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad — la encíclica considera la verdad como un bien común y un elemento esencial de la democracia. La cultura difundida por la web no debe convertirse en un instrumento de “homologación y dominio”, sino en un espacio de maduración para la “libertad interior y el pensamiento crítico”.
Subraya instrumentos como la transparencia en los criterios de selección de contenidos, protección de los datos personales, un periodismo serio basado en la argumentación y la verificación, una nueva conciencia en el uso “correcto y crítico” de la IA, la integración de los conocimientos. También se exige a la Iglesia una comunicación transparente y leal, sobre todo en los casos de injusticias y abusos. Es fundamental, en la encíclica, el llamamiento a una alianza educativa renovada para que en los jóvenes no se apague “el deseo de hacer preguntas” a causa de máquinas perfectas que hacen parecer inútil el pensamiento humano. “Debemos educarnos en el ayuno de la IA”, subraya León XIV, eliminando las desigualdades en el acceso a la educación y apostando por la escuela como lugar donde se aprende a “buscar y amar la verdad” y se enseña lo que lo digital no puede dar: «tiempo compartido para aprender y relaciones fiables”.
El desarrollo no se mide solo por el PIB
La transformación digital debe gestionarse mediante criterios sociales estables, formación accesible y continua para los trabajadores y responsabilidad empresarial. Se debe superar el PIB como parámetro del grado de desarrollo de un país, apostando en su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de las desigualdades y la protección del medio ambiente. La financiación por la financiación es, de hecho, diferente de la financiación para el desarrollo. Subraya la interdependencia entre paz y desarrollo, abogando por una cooperación internacional capaz de definir estrategias comunes “sobre todo en favor de los países y los grupos más vulnerables”, porque la prosperidad contribuye a la paz “solo si es generalizada, inclusiva y sostenible”.
La familia, bien social primario
En cuanto a la familia, destaca que está fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer: es “bien social primario”, “célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria” que debe apoyarse también mediante políticas laborales que favorezcan la estabilidad y ritmos humanos, de modo que se garantice el justo equilibrio de vida y se proteja esa “capacidad de construir el futuro” que hace generativa a la sociedad.
Libertad humana
En este punto señala que hay que proteger la libertad humana contra la dependencia y la mercantilización: en una época en la que las plataformas digitales están diseñadas para acaparar el tiempo de los usuarios y explotar sus fragilidades, es urgente reforzar la libertad interior de cada uno y hacer frente al riesgo del control social derivado de la recopilación masiva de datos y del uso de sistemas algorítmicos. Perfilar, predecir y orientar los comportamientos es, de hecho, “un poder nuevo” que corre el riesgo de discriminar a los más débiles. El Papa deplora, en la “arquitectura de la visibilidad” que premia y amplifica solo lo que es visible, moldeando opiniones y generando conformismo.
Nueva esclavitud y colonialismo
La encíclica advierte que la IA genera nuevas formas de esclavitud, como la de los “cuerpos marcados, mutilados, consumidos” de quienes trabajan en la extracción de las “tierras raras” necesarias para la tecnología. Por ello, la lucha contra las nuevas formas de esclavitud es otra “prueba decisiva para el discernimiento ético” de la transformación digital. Subraya que “la Iglesia renueva su firme condena contra toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas” y reitera que no reaccionar o tolerar estas “graves violaciones de la dignidad humana” es “hacerse cómplice”. El Papa pide “sinceramente perdón” por el retraso con el que la Iglesia, en el pasado, condenó “el flagelo de la esclavitud”. Comenta también a las “nuevas tierras raras del poder”, es decir, la información vital, por ejemplo, sobre salud y demografía, utilizada para orientar las estrategias económicas. Se trata, explica el Pontífice, de una faceta inédita del colonialismo que se apropia de los datos y transforma las vidas personales en información explotable, convirtiendo el entorno digital en un “espacio de depredación”.
Contra la normalización de la guerra y la pérdida de memoria histórica
En el quinto y último capítulo La cultura del poder y la civilización del amor, alerta sobre la guerra. “La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos” y, sin un enfoque ético, las decisiones sobre la vida y la muerte de las personas serán cada vez más impersonales, considerándose el recurso a la fuerza como una “opción inmediata y viable”. El poder normaliza la guerra y la rehabilita como “instrumento de política internacional” y el rearme.
Muestra preocupación sobre la opinión pública, pues en el pasado veía la beligerancia solo como extrema ratio, hoy pesan también las narrativas mediáticas polarizantes, así como “una preocupante pérdida de memoria histórica” que nos priva de una visión a largo plazo. En consecuencia, hoy la paz ya no se entiende como una tarea que hay que asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Por ello, León XIV reitera que, sin negar el derecho a la legítima defensa en su sentido más estricto, es necesario superar la teoría de la “guerra justa”, promoviendo más bien el diálogo, la diplomacia y el perdón.
El Papa lamenta el crecimiento de la industria bélica, la carrera armamentística nuclear y la aparición de nuevos actores armados como los yihadistas, que pretenden perpetuar los conflictos como fuente de poder y de ingresos. Advierte contra el uso de armas relacionadas con la IA, porque “no existe ningún algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable”. Recuerda que la tecnología “no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse”. Por lo tanto, se necesitan restricciones éticas rigurosas, compartidas a nivel internacional, basadas en la responsabilidad personal y en la protección de los civiles, porque “toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto”.
Guerras híbridas
El documento comenta que hoy se libran guerras “híbridas”, económicas, financieras e informáticas, aprovechando la desinformación y el miedo para influir en la opinión pública y presentar el aumento del gasto militar como la “única respuesta” a un futuro incierto. Pero todo esto no es más que un «”also realismo”, una irresponsable Realpolitik que siembra en las conciencias y en las culturas la resignación ante una guerra ineludible y califica la paz de utopía, donde para algunos, el conflicto armado podría ser un instrumento de “gestión cínica” de las dificultades, así como una forma de desviar la atención de los problemas internos.
No usar el nombre de Diosa para la guerra
Señala que decisivo el diálogo entre las religiones, portador de un mensaje de paz. “Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra, traiciona su rostro, dvierte León XIV: luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la propia religión”.
La encíclia finaliza con una invitación del Papa a los fieles a vivir las nuevas tecnologías a la luz del Evangelio, siguiendo “un itinerario de vida cristiana sobrio y exigent”», para que, incluso en la era de la IA, todos puedan dar testimonio de “la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”.
