Julio Pérez Alván*
Donald Trump inició su mandato remeciendo el orden mundial. La gran cantidad de leyes firmadas, sus declaraciones y sus actos están generando grandes tensiones comerciales, que, sin duda, impactarán en casi todos los países del orbe llevando a inminentes enfrentamientos entre las potencias mundiales.
Sin embargo, no hay nada comparado a lo que ya se está viviendo y que podría ponerse mucho peor en un campo que modela nuestro presente y que sin duda alguna modelará nuestro futuro: los chips, también llamados circuitos integrados y que son básicamente pequeñas piezas de material semiconductor como el silicio, que contienen miles de millones de transistores microscópicos, entendiéndose por transistor una especie de interruptor eléctrico diminuto que se enciende (un uno) o se apaga (un cero) generando los unos y ceros del sistema binario que soportan los cálculos digitales.
Hoy en día los chips se utilizan en una gran cantidad de dispositivos, desde celulares a hornos microondas que China produce y que todo el mundo consume. Tanta es la importancia de estos dispositivos que el gigante asiático gasta más dinero importando chips que importando petróleo.
El punto crítico en la actualidad es el proceso para la obtención de los chips que pasa por una complicada —y enredada— cadena logística en la que el diseño se realiza en pocos países, pero la fabricación en serie es principalmente en Asia. Un chip puede ser diseñado por una empresa de capital japonés con sede en el Reino Unido, por ingenieros de California e Israel y usar programas desarrollados en EE. UU.
Una vez listo el diseño, se envía a una planta de Taiwán, que adquiere obleas de silicio de alta pureza de Japón. El proceso de manufactura se realiza con las máquinas más precisas del mundo, producidas por 5 empresas: una de Países Bajos, otra de Japón y 3 de California. La que fabrica chips con mayor precisión en el mundo es la Taiwán Semiconductor Manufacturing Company (TSMC).
No hay otra actividad económica que esté tan concentrada en tan pocas empresas. Por ejemplo, Taiwán produce el 37% de todos los chips nuevos, Corea del Sur cuenta con dos empresas que fabrican el 44% de los circuitos de memoria y los Países Bajos cuenta con la empresa ASML que produce el 100% de las máquinas de litografía más precisas que podamos imaginar.

Si el acero y el aluminio decidieron el desenlace de la II Guerra Mundial y las armas atómicas decidieron la Guerra Fría; el dominio en el campo de los chips será el arma que resuelva la actual rivalidad entre China y EE. UU., por ello aprendiendo de la historia, en agosto del 2022, el entonces presidente de EE.UU., Joe Biden, firmó la Ley de Chips y Ciencia a fin de impulsar el desarrollo y la producción de chips en el país del norte y contrarrestar el avance del gigante asiático.
Esta ley prohíbe a cualquier compañía que reciba dinero del programa (US$ 50 billones), invertir en instalaciones ubicadas en China, exceptuando las plantas de baja tecnología y es a raíz de esto que la inversión extranjera en la industria china se ha frenado abruptamente.
Por otro lado, los chips de última generación conocidos como GPU, indispensables para el entrenamiento de la IA, serán más necesarios que nunca y su producción estará restringida a un puñado de compañías.
La economía mundial, la política internacional, y el equilibrio de fuerzas militares dependen del control de diminutas piezas de silicio y la globalización que hoy conocemos no existiría sin los circuitos integrados, entonces la pregunta que viene es ¿cómo responderá China?
- Presidente de la ADEX
