Jhon Valdiglesias Oviedo*
Durante décadas, la globalización fue la narrativa dominante del comercio internacional. Las economías se interconectaron como nunca antes, se promovieron tratados de libre comercio, las cadenas globales de valor se extendieron a lo largo de varios continentes, y Occidente —liderado por Estados Unidos y Europa— definía las reglas del juego. Pero ese modelo está llegando a su fin. Hoy presenciamos un cambio profundo: la fragmentación del orden global, el ascenso de bloques regionales y la reconfiguración del poder económico con un nuevo protagonista en el centro de la escena: China.
La pandemia de COVID-19 expuso con crudeza la fragilidad del sistema globalizado. La disrupción en las cadenas de suministro, la escasez de productos básicos y la dependencia excesiva de fábricas en Asia revelaron los límites de una globalización basada en la eficiencia a costa de la resiliencia. A ello se sumaron otros factores: la guerra en Ucrania, las crecientes tensiones entre Washington y Pekín, el nacionalismo económico, la guerra tecnológica, el proteccionismo silencioso. En conjunto, estos elementos están impulsando una transición hacia un modelo menos integrado y más fragmentado. La seguridad económica, la autonomía estratégica y el control de sectores críticos han comenzado a pesar más que la apertura total de mercados.
En ese contexto, China ha asumido un rol central. No solo como la segunda economía del mundo, sino como arquitecta de un nuevo sistema de relaciones económicas internacionales. Su proyecto insignia, la Iniciativa de la Franja y la Ruta —también conocida como la nueva Ruta de la Seda— busca redibujar las conexiones globales a partir de grandes inversiones en infraestructura, transporte y logística, creando corredores económicos desde Asia hacia Europa, África y, cada vez más, América Latina. Con ello, China no solo exporta productos, sino también influencia, normas y presencia estratégica. Ya no es solamente la fábrica del mundo; es, también, un actor que propone un nuevo modelo de integración global, más multipolar, menos centrado en el poder occidental tradicional.
Esta transformación ha tenido un fuerte impacto en Asia, donde emergen nuevas formas de cooperación regional, como el RCEP, el mayor acuerdo de libre comercio del planeta, liderado por China y que excluye a Estados Unidos. Al mismo tiempo, América Latina —históricamente volcada hacia el Atlántico y bajo la influencia de EE. UU.— empieza a mirar cada vez más hacia el Pacífico. La región está siendo cortejada por Pekín con inversiones en sectores estratégicos: minería, energía, telecomunicaciones, transporte, tecnología y agricultura. China ya es el principal socio comercial de varios países latinoamericanos, y ese rol continuará consolidándose en los próximos años.
En este escenario cambiante, Perú ocupa una posición estratégica que no debe desaprovechar. Con abundantes recursos naturales, una economía abierta, tratados comerciales con múltiples regiones y una costa frente al Pacífico, el país tiene el potencial de convertirse en un nodo relevante entre América del Sur y Asia. Pero ello requerirá decisiones firmes y coordinadas. Aprovechar las oportunidades implica atraer inversión de manera inteligente, diversificar exportaciones, apostar por la industrialización y la innovación tecnológica, y reforzar la infraestructura física y digital. También exige fortalecer la diplomacia económica y establecer alianzas que aseguren beneficios mutuos, sin caer en nuevas dependencias ni desequilibrios geopolíticos.
La fragmentación del orden global no significa un retroceso, sino una reconfiguración. El mundo no se está cerrando, pero sí se está reorganizando en torno a ejes regionales, intereses estratégicos y nuevos centros de poder. Para países como Perú, este nuevo escenario plantea desafíos, pero también abre oportunidades históricas. No se trata de elegir entre China o Estados Unidos, sino de actuar con inteligencia, pragmatismo y visión de largo plazo. En tiempos de cambio, quien no se adapta queda al margen. Y hoy, más que nunca, estar al margen significa perder el futuro.
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* Investigador del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CEAS). Doctor en Economía Internacional por la Universidad de Economía y Negocios Internacionales (UIBE), China. Máster en Estudios Asia-Pacífico con especialización en China por la Universidad Nacional Chengchi (NCCU), Taiwán.
