Jhon Valdiglesias Oviedo*
El mundo ya no es el mismo. No es exageración ni retórica alarmista. Lo que estamos presenciando es una reconfiguración profunda del orden mundial, donde las reglas heredadas de la posguerra —y luego reafirmadas por la globalización liderada por Occidente— están siendo desafiadas frontalmente por una China cada vez más ambiciosa, sofisticada y decidida a ocupar un lugar central en el equilibrio de poder internacional.
La modernización militar de China, con avances en drones, misiles hipersónicos, inteligencia artificial y tecnología furtiva, es solo la manifestación más visible de un fenómeno mucho más amplio: el desplazamiento progresivo del eje de poder hacia Asia. Las rutas comerciales, las inversiones estratégicas, las cadenas de suministro, las monedas de reserva, y hasta las narrativas diplomáticas están siendo reordenadas. La guerra comercial entre Estados Unidos y China solo fue el prólogo de una dinámica que ya no es coyuntural, sino estructural.
En este nuevo escenario, Perú no puede seguir actuando como si viviera en un mundo que ya no existe. El viejo guion de simplemente ser exportadores de materias primas o receptores pasivos de inversión extranjera directa ya no garantiza ni crecimiento, ni estabilidad, ni influencia. Si no nos adaptamos, otros lo harán por nosotros, ocupando espacios que dejamos vacíos por desidia, fragmentación política o miopía estratégica.
No se trata de tomar partido en una guerra fría moderna. Se trata de saber ubicarse con inteligencia y firmeza. Países como Suiza o Singapur han logrado prosperar durante décadas manteniendo una neutralidad activa: no se subordinan a ninguna potencia, pero participan activamente en los flujos comerciales y tecnológicos del mundo, con instituciones sólidas, visión a largo plazo y una clase dirigente cohesionada en lo esencial.
Eso es precisamente lo que le falta hoy al Perú: una élite política y técnica con la capacidad de elevarse por encima de las disputas menores y pensar en el interés nacional con sentido de urgencia y responsabilidad histórica. La fragmentación del Congreso, el cortoplacismo del Ejecutivo, y la ausencia de una agenda estratégica para el país en este nuevo orden mundial nos dejan en una posición de vulnerabilidad.
El reciente debilitamiento de algunas potencias tradicionales, sumado a la búsqueda de nuevas alianzas por parte de economías emergentes, abre una ventana de oportunidad para que países medianos, con recursos naturales y ubicación estratégica como el Perú, se reposicionen con inteligencia en la escena global. Pero para lograrlo, debemos actuar como una república madura, no como un archipiélago político que se sabotea a sí mismo.
¿Queremos seguir siendo un país dependiente de la coyuntura o convertirnos en un actor respetado y competitivo en la economía del siglo XXI? La respuesta dependerá de la clase política que elijamos, de las políticas públicas que prioricemos y del tipo de liderazgo que estemos dispuestos a exigir y construir.
La historia no espera. Y el mundo no se detendrá a rescatarnos si no sabemos adaptarnos. Frente al avance imparable de un nuevo orden global, Perú debe escoger su rol: espectador pasivo o protagonista estratégico. La neutralidad no es debilidad, si va acompañada de claridad, coherencia y visión de Estado. Esa es la ruta que debemos tomar si realmente aspiramos a un desarrollo sostenible y soberano.
____________
* Investigador del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CEAS). Doctor en Economía Internacional por la Universidad de Economía y Negocios Internacionales (UIBE), China. Máster en Estudios Asia-Pacífico con especialización en China por la Universidad Nacional Chengchi (NCCU), Taiwán.
