Jhon Valdiglesias Oviedo*
La reciente extensión de la tregua comercial entre Estados Unidos y China ha calmado temporalmente a los mercados internacionales, brindando un respiro momentáneo a los inversionistas y gobiernos. Sin embargo, esta aparente estabilidad no debe confundirse con una resolución definitiva. Las fricciones económicas entre las dos potencias siguen activas y, en el fondo, se trata de una lucha por el liderazgo global en tecnología, comercio y geopolítica. Esta rivalidad estructural seguirá impactando a todo el sistema económico internacional, incluyendo a países como el Perú, que dependen en gran medida de las dinámicas del comercio mundial.
El presidente Donald Trump ha logrado convertir esta confrontación en una bandera política interna, presentando cifras de crecimiento, repunte bursátil y miles de millones en ingresos arancelarios como victorias personales. Además, ha conseguido ciertas concesiones de China, como compras de productos agrícolas y el levantamiento de algunas restricciones sobre empresas estadounidenses. No obstante, estos logros tienen un carácter claramente cortoplacista. Son efectos de presión inmediata, no transformaciones profundas. En cambio, el presidente Xi Jinping ha optado por una estrategia más estructural y sostenible: afianzar el control de recursos críticos como las tierras raras, fortalecer su influencia en mercados emergentes y evitar una dependencia excesiva de EE.UU., manteniendo así su poder de negociación intacto.
China, en efecto, ha demostrado una vez más su enfoque pragmático y su visión de largo plazo. En lugar de confrontar directamente, ha diversificado sus mercados, afianzado alianzas estratégicas y consolidado su rol como eje en las cadenas de suministro globales. Su capacidad de negociación se basa en recursos clave, infraestructura comercial y una red diplomática que sigue creciendo. Para países en desarrollo como el Perú, esta postura es una lección fundamental: en un mundo de tensiones comerciales, tener poder de negociación no es un lujo, es una necesidad.
El Perú, por tanto, no puede permanecer pasivo ni depender exclusivamente de sus socios tradicionales. En un escenario internacional tan volátil e impredecible, es urgente que el país fortalezca su resiliencia frente a shocks externos. Esto implica abrir nuevos mercados de exportación, especialmente en Asia y África, y avanzar hacia una mayor integración en cadenas de valor donde pueda aportar más que solo materias primas. También es esencial invertir en tecnología, logística y capacidades productivas que le permitan al país posicionarse mejor en el nuevo orden económico global. Una recesión en EE.UU. o China no solo afectaría nuestras exportaciones; podría comprometer seriamente el crecimiento y la estabilidad económica nacional.
El momento para actuar es ahora. El Perú debe adoptar una estrategia de inserción internacional ambiciosa, inspirándose en la visión de largo plazo que ha mostrado China. Para ello, se requiere una política exterior sólida, inteligencia comercial, diversificación productiva y, sobre todo, claridad en los objetivos nacionales. Solo con una postura firme, negociaciones bien fundamentadas y una lectura estratégica de las oportunidades, el Perú podrá convertir los desafíos globales en motores para su propio desarrollo sostenible.
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* Investigador del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CEAS). Doctor en Economía Internacional por la Universidad de Economía y Negocios Internacionales (UIBE), China. Máster en Estudios Asia-Pacífico con especialización en China por la Universidad Nacional Chengchi (NCCU), Taiwán.
