La insolencia de Trump con diversos países como Panamá, Dinamarca, Canadá, México, China y otros países no hace sino revelar la desesperación del electo mandatario (y muchos de los que mueven los hilos del poder) por la situación en los Estados Unidos por su crisis y su evidente caída de su posición de hegemón ante el crecimiento de otros países como China, Rusia o el bloque de los BRICS.
Aterrorizados por el crecimiento de China, amenazan y cumplen con imponer una y otra vez aranceles a las importaciones de ese país, medidas que nada tienen que hacer con la libre competencia, el derecho, ni siquiera con un proteccionismo razonable, y en el camino no reparan en perjudicar a otros países como el Perú, por ejemplo con las amenazas de aranceles contra los productos que pasen por el puerto de Chancay, donde el 40% del capital es peruano.
En ese desenfreno también apuntan contra Panamá, país que desde fines de 1999 tiene la plena soberanía sobre su canal, sin embargo, Trump amenaza con tomar dichas instalaciones alegando el alto costo de las tasas. Es inconcebible que un país pretenda imponer costos a las operaciones de otro país en su propio territorio. Cada país tiene sus fuentes de ingreso y busca aprovechar de su posicion geográfica, lo cual no tiene por qué ser motivo de amenazas. Además, Panamá en el futuro tendrá competencia posiblemente con México y Nicaragua, que construirían sus propios canales, dando lugar al juego de la oferta y demanda. Por ello dichas amenazas deberían incluso ser ventiladas en foros internacionales como la OEA o la ONU.
Canadá también sufrió la embestida de Trump, sugiriendo que se convierta en el estado 51 de los EE. UU. y que Justin Trudeau pase a ser un gobernador. A diferencia de Panamá, o China, el sumiso Trudeau no ha respondido.
En su demencial perorata, Trump también puso la puntería sobre Dinamarca asegurando que Groenlandia debería ser posesión bajo control de los EE. UU. alegando motivos de seguridad. Por supuesto, dicho atrevimiento mereció el rechazo danés.
También arremetió contra México, amenazando con violar la frontera mexicana para invadir a su vecino con el pretexto de la lucha contra las drogas. La mandataria Claudia Sheimbaun de inmediato respondió que en ese caso los militares estadounidenses serían fusilados.
Ni qué decir de las incontables sanciones contra Rusia, creadas por el gobierno de Joe Biden con el pretexto de la “invasión” a Ucrania. Invadir es ocupar un país para aprovecharse de sus recursos o su posición geopolítica, nada tiene que ver con la operación rusa debido a la violación de los acuerdos de Minsk y al asesinato de unos 15 mil civiles rusos en el Donetsk, antes de Ucrania, ahora de Rusia, lo mismo habría hecho los EE. UU. si por ejemplo Canadá comenzara a asesinar estadounidenses agrupados en alguna región canadiense. Pero en ese juego contra Rusia arrastraron a Europa, que se ha dejado someter como esclava (ya se sabe que han corrido millones en sobornos en el parlamento europeo) y los gobernantes europeos junto con EE. UU. cantaron en coro que las sanciones pondrían de rodillas a Rusia, imaginando una gran crisis económica y la balcanización de ese país. Lo cómico es que las sanciones sólo han empobrecido a Europa y en menor grado a los EE. UU., mientras que la economía rusa creció.
Todo ello sólo muestra la incapacidad de los Estados Unidos para competir en el mercado respetando las leyes internacionales. No pueden, por ello en su desesperación recurren a la actitud del cobarde y del hampón, lo cual evidencia que el que antes fue imperio de los Estados Unidos cada día está camino a su inexorable hundimiento, aunque recurra a pisotear leyes internacionales y a provocar guerras para vender armas o saquear para sobrevivir.
