No son pocos los hampones que navegan, en múltiples ámbitos de la vida cotidiana del país, con bandera de “honestos”, “progresistas”, “dinámicos”, “modernos”. Los pícaros, sinverguenzas que han servido a múltiples gobiernos, sirviéndose de ellos y para provecho personal y no para el país, se reciclan y hasta ocupan ministerios teniendo, no currículas de vida, sino legítimos e incuestionables prontuarios que harían pasar a rufianes callejeros o de extracción popular, con varias muertes en su haber, como modestísimos aprendices de zapatería. La diferencia es que unos están diplomados y otros estudiaron en la escuela de la vida. ¡Qué consuelo!
¿Tiene que ser sucia la política? Si intervienen en ella caraduras y cogotudos a quienes el país conoce pero que cuentan con llaves periodísticas muy bien pagadas para que escondan sus robos, no hay más mínima duda que ésta será así consideradapor las nuevas promociones y causará en ellas asco y vergüenza. ¿Motivo suficiente para no intervenir en la política? La estupidez nacional ha permitido que esta especie se haga muy popular. La primera respuesta del ser común pasa por un categórico ―como ridículo ―: “yo no soy político”. Entonces ¿qué se hace en nuestros pagos si todo pasa por la política? El hombre es un animal político. Que existan políticos animales, es otro tema, más bien zoológico.
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