por Herbert Mujica Rojas
Desde el saque el titular reta, golpea, solivianta. ¿Cómo así que superar al maestro inmortal y al espíritu levantisco cuasi conciencia rebelde, ayer y hoy, del país? Seamos justos y puntuales. Más allá de la feroz crítica, no pudo ir más hacia adelante don Manuel. No le alcanzó el tiempo, tampoco eran las comunicaciones como hoy. Y el Perú —en eso sí seguimos estancados— persiste en un mosaico impresionante, desunido, fragmentado y sin líderes. Las castas políticas hieden, los capituleros abundan, los logreros presiden el menú cotidiano del asalto a la faltriquera que aquí se llama presupuesto nacional.
¿Existen los partidos políticos? Son clubes electorales. Usinas que proporcionan técnicos o panzones funcionales al Estado, pero en modo alguno, alfiles de la revolución constructiva de que hablaba hace más de 50 años Manuel Seoane y que empezó tempranamente una prédica hoy olvidada por quienes se reclaman sus alumnos. Hay una diferencia enorme entre las tribus caníbales que abundan en la cosa pública, esperpentos fagocitadores y cancerosos de cualquier esfuerzo y las fraternidades calurosas que construyen naciones al amparo de los fueros de la decencia, dignidad y solemne virtud para forjar un país. No son lo mismo tropas de capituleros angurrientos que combatientes de insobornable decisión y ansias de victoria. ¿Hay que refundarlos? Pero ¡si no existen! Verbi gracia: hay que crearlos superando a González Prada que admonizaba que no era bueno "tomar a lo serio cosas del Perú".
Fundamental resulta advertir que la opinión libre no puede hallar ataduras ni cortapisas. El que dogmatice camina hacia la entelequia. El que crea que sus verdades son apodícticas, transita hacia la estupidez. Y las naturalezas muertas no crean ni edifican, sólo apestan y envilecen. Por desgracia en Perú sólo hay la lectura de infortunios y desgracias. Pero es hora de trocar la sentencia atroz en que discurría don Manuel para convertirla en acicate, espoleo, látigo y furia hecha creación genuina, heroica y revolucionaria que constituya el baluarte de la reconstrucción nacional. No es pigmeo el reto. Sin embargo, tampoco debemos desdeñar la posibilidad de volvernos gigantes como lo fueron los incas y los preíncas. ¿No es aquello posible?
Por tanto vuelvo a la génesis y al introito: ¡Superemos a González Prada!
¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!
¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!
¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!
¡Sólo el talento salvará al Perú!
