Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
Hace unos días se ha recordado el primer acto terrorista del Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso (PCP-SL), consistente en la quema de las ánforas de los comicios electorales -efectuado en vísperas del 18 de mayo de 1980 en el distrito de Chuschi (Cangallo, Ayacucho)- que permitieron retornar a la democracia luego de doce años de la execrable dictadura de las Fuerzas Armadas (FF.AA.), instalada el 3 de octubre de 1968. Este suceso dio inicio a la denominada “lucha armada” que eligió a este departamento como el “corazón herido” de nuestra patria.
Con tal motivo he vuelto a visitar la emotiva, reveladora y documentada exposición permanente “Yuyanapag”, situada en la sede del Ministerio de Cultura y elaborada por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) -creada el 4 de junio de 2001 por el presidente Valentín Paniagua Corazao- que presidió el filósofo y académico Salomón Lerner Febres. Su intención es “contribuir a crear la memoria colectiva en base a la verdad y el reconocimiento es el sentido de esta dramática muestra fotográfica, cuyo mensaje es nuestro deber escuchar, como paso indispensable para la reconciliación de nuestro país”, aseveró la Defensora del Pueblo Beatriz Merino Lucero (2006).
Los dramáticos episodios vividos durante esta lacerante conflagración son presentados con respeto, amplitud y sensibilidad y, además, están acompañados de una descripción encaminada a entender, con espíritu pensante, lo padecido en esta atroz etapa que afectó, con especial énfasis, a los sectores rurales. En tal sentido, el titular de la CVR precisó: “…Las imágenes seleccionadas para esta muestra fotográfica muestran parte de los hechos ocurridos entre 1980 y 2000 e intentan reconstruir la memoria visual de un período del conflicto armado que causó la muerte y desaparición de más de 69,000 personas”.
El conflicto armado interno significó uno de los momentos más dolorosos y retrató las enormes brechas, desigualdades, apatías y ausentes sentimientos de integración y pertenencia de nuestra sociedad. En las zonas andinas este fenómeno se desplegó entre dos frentes: el PCP-SL y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) y, del otro lado, las FF.AA. Las poblaciones civiles eran víctimas de los oprobios de los bandos enfrentados ante la contemplación insensible de la mayoría de peruanos.
La violencia aquejó principalmente a los habitantes débiles, pobres y marginados: quechuas, analfabetos, mujeres, niños y adolescentes. Estos olvidados pueblos fueron los más afligidos y su drama ha sido percibido con apatía hasta nuestros días. De allí que, esta explícita producción fotográfica coadyuva a despertar e inducir nuestros reflejos de sensibilización en un contexto colmado de indolencias y desencuentros.
Es conveniente recordar unos datos importantes: según la CVR, el 75 por ciento de los muertos y desaparecidos (69,000 hombres y mujeres) pertenecían a estas regiones y el 50 por ciento era ayacuchanos. Además, se estima que al menos 50,000 fueron aldeanos cuya lengua materna era el quechua u otro dialecto originario. Asimismo, “existió una notoria relación entre situación de pobreza y exclusión social, y probabilidad de ser víctima de la violencia”.
Al respecto, en “Yuyanapag” se afirma “…El gran número de campesinos torturados, desaparecidos o ejecutados, durante este período, no sólo reflejó la carencia de un aparato de inteligencia efectiva y una estrategia política y militar adecuada; también puso en evidencia la indiferencia y el desdén de una sociedad urbana que percibía las masacres de Soccos, Pucayacu o Acomarca como hechos ajenos y distantes”. Estas cruentas masacres las perpetraron agentes del Estado. Por su parte, Lucanamarca simbolizó uno de los hechos más sanguinarios cometidos por el PCP-SL.
De igual manera, se observa una secuencia de acontecimientos y se describe la evolución del conflicto armado interno a fin de conocer su dimensión y sus variadas facetas, así como la responsabilidad gubernamental. Se narra la presencia senderista en el Alto Huallaga (San Martín) y su alianza “táctica con el narcotráfico”; los feroces ataques a los pueblos asháninca y a las colectividades selváticas; la creación de los Comités de Autodefensas que fueron los auténticos artífices de la pacificación en esos parajes; la captación de las universidades públicas en su intento de atraer al movimiento estudiantil; los motines en los centros penitenciarios, etc.
Describe la actuación de los “Sinchis” de la Guardia Civil y de los “Llapan Atic” de la Guardia Republicana, “las primeras fuerzas del orden enviadas para restablecer la paz en Ayacucho” y la conformación del comando político militar durante el recién instalado gobierno constitucional de primer mandatario Fernando Belaunde Terry (1980-1985). Esta presencia policial y castrense influyó en la aplicación de “prácticas autoritarias y represivas preexistentes”.
Al respecto, concluye “que en ciertos lugares y momentos del conflicto la actuación de miembros de las Fuerzas Armadas no solo involucró algunos excesos individuales de oficiales o personal de tropa, sino también prácticas generalizadas y/o sistemáticas de violaciones de los derechos humanos”. La CVR puntualiza sin ambigüedades que la “causa inmediata y fundamental del desencadenamiento del conflicto armado interno fue la decisión del PCP-SL de emprender la ‘lucha armada’ contra el Estado Peruano” y, en consecuencia, el principal autor de crímenes y atropellos a los derechos humanos. Es decir, “fue responsable del 54 por ciento de las víctimas fatales”.
Del mismo modo, brinda atención al propósito del PCP-SL de someter a las organizaciones populares de base que cumplieron un rol fundamental en el vencimiento de los subversivos. Se presenta los abominables asesinatos de las valientes líderes sociales María Elena Moyano (Villa El Salvador, 1992) y Pascuala Rosado (Huaycán, 1996). También, detalla los genocidios del Grupo Colina, destacamento paramilitar creado por el régimen de Alberto Fujimori Fujimori (1990-2000), dirigido por altos mandos de las FF.AA. y del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN).
Es meritorio destacar el valeroso rol del campesinado y explica: “El éxito de las rondas campesinas demuestra que Sendero Luminoso comenzó a ser derrotado antes de la captura de su líder máximo, justamente a manos de quienes estaban llamados a ser sus aliados”. Alude el drama de los miles de desplazados, los niños huérfanos, la determinante asistencia de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos y el sufrimiento de compatriotas que siguen a la espera de recibir justas reparaciones del Poder Ejecutivo.
“Yuyanapag” es un espacio para recapacitar sobre un capítulo republicano cuyas secuelas no han culminado de cerrar. Estamos en la obligación ciudadana de percibir con empatía, solidaridad, convicción democrática y cívica esta herida abierta que conspira contra la incontrastable, sufrida e imperiosa realidad histórica. Evoco lo expresado por Angélica Mendoza Ascarza, en la primera audiencia pública de la CVR en la provincia de Huamanga (Ayacucho), el 4 de abril de 2002: “No podemos encontrar la reconciliación si no conocemos la verdad”.
(*) Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas y administrador de la exposición Felipe Benavides – Peruano Universal. http://wperezruiz.blogspot.com/
