Una difícil vecindad, II Edición 1997; Cap. VII
por Alfonso Benavides Correa; notbena@infonegocio.net.pe
Si por parte de Chile constituye ciertamente un éxito que el gobierno del Perú se desprenda en el corazón de Arica de un predio estratégico rectangular de 300 mts. por 450 mts. en los linderos del Ferrocarril de Arica a La Paz, entre el km. 3,420 y el km. 3,720 con un área de 135,000 mts2, unida al mar por una ruta de acceso de 700 mts. de largo por 15 mts. de ancho o sea un área adicional de 10,500 mts2; ciertamente constituye también un desacierto que el ministro de Relaciones Exteriores del Perú no se percate de que “el Artículo Sétimo del Tratado de Lima del 3 de junio de 1929 le brinda amparo total tanto a El Chinchorro propiamente dicho como a su franja de salida al mar (El Chinchorro Bajo o Tierras Blancas) desde que el ministro plenipotenciario del Perú en Francia don Mariano H. Cornejo lo adquirió de la sociedad inglesa Corocoro United Copper Mines Limited mediante contrato de compra-venta celebrado por Escritura Pública de 19 de febrero de 1926 ante Notario de París” y, ese mismo año, con intervención del Notario de Arica César Jiménez Fuenzalida, lo inscribió con el número 22 a fojas 10 vuelta en el Registro de la Propiedad de 1935 en el Rol de Avalúos según dio fe el Notario Conservador Carlos Soffía Stuardo.
Recuerdo que a su lado
mi madre me tenía
aquel siniestro día
en que escuché espantado
sonar el destemplado
clarín del vencedor.
—¡Escúchalo!— decía
mi madre…Y lo escuchaba, lo escucho todavía
lo escucharé hasta cuando resuene otro mayor.
Por eso hoy me inspira
ese recuerdo henchido de la más santa ira,
los nervios de mi madre son cuerdas de mi lira….
Me pregunto si será acaso más provechoso para el Perú sucumbir ante la amnesia histórica que reflexionar sin censuras de ninguna clase sobre los siguientes mandatos de Manuel González Prada: “el hombre que siempre emergió” al decir de Luis Alberto Sánchez, a quien también corresponde el haber proclamado con razón que “algunas catástrofes nos han sobrevenido porque no tomamos en cuenta su lucidez”.
“Chile, como el tirano que mataba a sus mujeres y después saciaba en el cadáver su apetito de fiera con delirio genesíaco, chupó ayer nuestra sangre, trituró nuestros músculos, y quiere hoy celebrar con nosotros un contubernio imposible sobre el polvo de un cementerio. No creamos en la sinceridad de sus palabras ni en la buena fe de sus actos; hoy se abraza contra nosotros, para con la fuerza del abrazo hundir más y más el puñal que nos clavó en las entrañas. Dejemos ya de alucinarnos; en nuestro enemigo el hábito de aborrecernos se ha convertido en instinto de raza. En el pueblo chileno, la guerra contra el Perú se parece a la Guerra Santa entre musulmanes; hasta las piedras de las calles se levantarían para venir a golear, destrozar y desmenuzar nuestro cráneo. Chile, como el Alejandro crapuloso en el festín del Dryden, mataría siete veces a nuestros muertos: más aún: como el Otelo de Shakespeare, se gozaría en matarnos eternamente. Aquí, alrededor de estos sepulcros, debemos reunirnos fielmente no para hablar de confraternidad americana y olvido de las injurias sino para despertar el odio cuando se adormezca en nuestros corazones, para reabrir y enconar la herida cuando el tiempo quiera cicatrizar lo que no debe cicatrizarse nunca. Tenderemos la mano al vencedor, después que una generación más varonil y más aguerrida que la generación presente haya desencadenado sobre el territorio enemigo la tempestad de asolación que Chile hizo pasar sobre nosotros, después que la sangre de sus habitantes haya corrido como nuestra sangre, después que sus campos hayan sido talados como nuestros campos, después que sus poblaciones hayan ardido como nuestras poblaciones. Entretanto, nada de insultos procaces, de provocaciones insensatas ni de empresas aventuradas o prematuras; pero tampoco nada de adulaciones o bajezas, nada de convertirse los diplomáticos en lacayos palaciegos, ni los presidentes de la República en humildes caporales de Chile” (Manuel González Prada, Páginas Libres, Madrid 1915).
¿Me pregunto, finalmente, si será acaso más provechoso para el Perú dejarse ganar por la amnesia histórica o releer esta prosa sin eufemismos, quemando naves, y calar estos pensamientos robustos y actuales que aparecen en El tonel de Diógenes?:
No omite el padre Vargas Ugarte referirse al desenfrenado saqueo e incendio de Chorrillos el 13 de enero de 1881 hasta ser reducido a escombros como lo certifican las placas fotográficas que tomó Courret de dicho acto de barbarie y corroboran las patéticas acuarelas del teniente de la marina inglesa Rudolf E. March Philips de Lisle, testigo imparcial de sanguinarias y sobrecogedoras matanzas. Recuerda Rubén Vargas Ugarte que “de la destrucción de Chorrillos y de los excesos a que llegó la soldadesca chilena, se hicieron eco los mismos diarios chilenos de la época. Entre otros documentos —dice— puede citarse la Carta Política de Manuel J. Vicuña, testigo presencial de los sucesos”. No fue Vicuña el único. El corresponsal en campaña de El Mercurio de Valparaíso, en carta fechada el 22 de marzo de 1881, se refirió así al día inolvidable y dantesco, en que, como preámbulo al atroz en que el coronel Lagos dejó el pueblo de Barranco y avanzó sobre Miraflores a la que hizo prender fuego por sus cuatro costados al tiempo que la juventud limeña combatía bravamente y moría con honor en los reductos, “la noche se iba cerrando en las calles de Chorrillos, alumbradas por el fulgor de cien incendios, semejaba un fantástico cuadro de escenas del infierno” en que “el siniestro resplandor de los incendios alumbraba sólo repugnantes escenas de orgía y exterminio”.
Al respeto anota Tomás Caivano estas elocuentes palabras: “La posesión de Tacna y del magnífico puerto de Arica importaba para Bolivia la conquista de la mejor, más fácil y más rápida salida hacia el mar, vía indispensable para un país que, sin el litoral que Chile le había arrebatado, quedaba encerrado, ahogándose entre los Andes, careciendo de medios para exportar sin dependencia de los vecinos sus productos naturales, era la adquisición de una vía útil, segura y libre de trabas para su comercio de importación; significaba, en fin —con el auxilio del ferrocarril proyectado por Chile—, el renacimiento a una vida próspera, social y económicamente. Bolivia, en realidad hubiera obtenido, como resultado de una guerra tan desastrosa para las naciones aliadas y en la que ella había tomado una parte tan insignificante como desgraciada, mayores y más ventajosos provechos que los que habría podido alcanzar tras una serie de gloriosos triunfos: en comparación con estas grandes y positivas ventajas, la pérdida de Atacama hubiera carecido de importancia para ella. Más para obtener estas ventajas —que, por otra parte, no dejaban de tener graves y muy serios inconvenientes— era preciso, ante todo, traicionar al Perú, a la república aliada que se vio envuelta en una guerra para la que no había hecho preparativo alguno, sólo por culpa de Bolivia, por haber acudido con hidalga presteza en auxilio de ésta a Santiago, cuando Chile le hizo la primera ofensa…! Era necesario volver cobardemente la espalda al aliado generoso y desgraciado, al que bastaba declarar su neutralidad en la escandalosa guerra promovida por Chile, para permanecer extraño al asunto, seguro, tranquilo y acopiando elementos de defensa, por lo que resultar pudiera; y que llamado, provocado, obligado a la lucha armada, por no haber querido abandonar a su aliada a su propia suerte, sostuvo, soportó —sólo casi siempre— todo el peso de la guerra, y no como quiera, sino hasta el sacrificio, hasta verse aniquilado, exánime, sin fuerzas, olvidándose hasta de sí mismo por cumplir su caballeroso deber…! Era indispensable, en fin, después de haber traicionado al noble defensor, dejándolo a merced del enemigo, en la última y tremenda hora, unirse, aliarse y dividir con éste los despojos de aquél…!; ¡Los grandes beneficios que en nombre de Chile se ofrecían a Bolivia serían, pues, el precio de una doble e infame traición contra el Perú, contra el nobilísimo aliado que todo lo sacrificó en defensa de aquella república! Y el general Campero, sin vacilar un momento, sin tener en cuenta otras razones que hubieran podido decidirle a aceptar las tentadoras propuestas, respondió a ellas: “¡No!”
No sólo Mariano D. Muñoz ofreció este testimonio desaprensivo y descalificador, en coincidencia con el testimonio del general Quintín Quevedo quien, al condicionarle su apoyo el presidente de Chile, Federico Errázuriz, a la cesión de una parte del litoral reconocido como integrante de Bolivia a cambio de ayudarlo con todo el poder de Chile en la adquisición del litoral de Arica e Iquique, calificó de torpe la propuesta y “antes de consentir en la infamia que se le proponía” según documento firmado por Juan L. Muñoz inserto como apéndice N.o 2 en la p. 185 y sig. del Tomo III de la Narración histórica de la guerra de Chile contra el Perú y Bolivia, de Mariano Felipe Paz Soldán, resolvió suspender la expedición —mientras el presidente de Chile no retirara su proposición que la dejó sin efecto por intermedio de Nicomedes Ossa— que organizó en Valparaíso, con el apoyo más decidido del intendente Francisco Echaurren, para ocupar el litoral boliviano por agosto de 1872.
Así lo había visto también Zoilo Flores quien, como ministro plenipotenciario de Bolivia en Lima, le expresó a Manuel Irigoyen, ministro de Relaciones Exteriores del Perú, por nota fechada el 22 de abril de 1879: “He tenido el honor de recibir el respetable oficio de v.e., fecha 11 del corriente, en el que, refiriéndose a las conferencias que hemos tenido sobre los pasos e insinuaciones del gobierno de Chile para que Bolivia arrebate al Perú la provincia litoral de Tarapacá y el departamento de Moquegua, anexándose Chile el litoral de Bolivia, se sirve v.e. pedirme le transmita todos los datos que poseyere sobre el particular.- En contestación, v.e., se servirá encontrar adjuntas dos cartas de los señores doctor don Mariano Donato Muñoz y coronel Juan L. Muñoz, personas caracterizadas y actores principales de los sucesos que han dado lugar a una de las innumerables manifestaciones de aquellos propósitos, y cuyos asertos revisten todos los caracteres de la evidencia.- Además del testimonio de dichos señores, que contiene ya la fórmula de ese pensamiento, que constituye una aspiración y el tema obligado de una perseverante propaganda para todo chileno de alguna ilustración, no es aventurado asegurar que serán muy raros los casos en que los bolivianos de alguna posición social no hayan escuchado, en el cambio de ideas con los nacionales de Chile, la misma proposición insidiosa, siempre engalanada con el brillo seductor de la conveniencia para Bolivia y con la necesidad de rectificar el error en que incurrió Bolívar al hacer la demarcación asignada a aquel estado”.

1 comentario
El especimen chileno es un degenerado porque desciende de la escoria o excremento que el virreinato del Peru mandaba a Chile en castigo:
rateros
borrachos
prostitutas
locos
estafadores
maricones
asesinos
y demas bestias
de alli era dificil salir por eso Chile era la carcel natural,, al sur el polo al norte desierto al oeste mar al este cordillera.
en chile esos desterrados marginales se cruzaron con los canibales que no conocian ni el fuego ni el vestido y hasta el siglo XX los europeos los llevaban a latigazos encadenados a mostrarlos como bestias en los zoos
En el siglo XX tienen cruce de nazis de la colonia Dignidad que se reproducen en incesto, siguen degenerando
sobre todo su cerebro es de bestia no da para razonar.solo saben de robo y violencia
vean esta foto como un europeo somete a latigazos a los chilenos:
http://www.connuestroperu.com/consumidor/cartas-del-lector/2612-carta-de-un-chileno-que-llama-animales-a-los-peruanos