Dice Florencio Domínguez, de La Vanguardia, que la política española se vive con un sentido agónico. Cada mañana se muere en las portadas de los periódicos y en las tertulias al atardecer. En nuestro caso, lo mismo. No sorprende que los candidatos a la Presidencia de la República no puedan debatir temas relevantes. Tampoco el campeonato de cinismo que llevan a cabo, señalando la corrupción del otro como remedio para la propia. La actual campaña no es más que una copia corregida y aumentada de las que hemos tenido durante las últimas décadas. Mejor dicho, un plagio.
Si un bien habría que sacar del mal, como diría el legendario sargento Lituma, sería que nunca fue más nítida la inmensa distancia existente entre la política, la sociedad y la economía. Siempre hubo el reparto de dádivas como el que está a punto de sacar de carrera a César Acuña. El pisco y la butifarra, los camiones y los matones fueron protagonistas estelares en nuestra historia electoral. Pero, en ningún caso, la cosa fue tan elocuente y normalizada, al punto de ser anunciada voz en cuello por el candidato y, para que no queden dudas de su honestidad, presentar las evidencias de haber cumplido con su ofrecimiento de dar dinero para captar votantes.
desco Opina / 26 de febrero de 2016
