César Hildebrandt
Vienen las aguas, la rabia de los ríos, las lluvias que el calor impuso y, de nuevo, las aguas y los lodos, y resulta que, de pronto, regresamos al Tercer Mundo de donde nunca habíamos salido.
Como se sabe, algunas culturas peruanas desaparecieron hundidas en el fango: el fenómeno del Niño es un viejo conocido nuestro. El gran historiador Hugh Thomas nos recordó que fueron monarquías hidráulicas aquellas sociedades que, como la egipcia o la peruana precolombina, tuvieron que administrar rígidamente el agua y combatir previsoramente sus excesos. Los incas podrían darnos ahora lecciones al respecto.
Pero aquí no nos interesan las viejas enseñanzas. Aquí vivimos en esta república anarcoide donde el Estado tiene vocación de no existir y donde la gente vive en quebradas suicidas y en el borde de las riberas indefensas.
No es la inundación, entonces. No es el huaico. No es el Niño Costero. Es el fracaso de un modelo de crecimiento que privatizó hasta los ríos y que creyó que las regulaciones eran incompatibles con la libertad individual.
Es el Estado el que colapsa. Se desmorona este Estado que renuncia a sus funciones básicas y cree que planificar es malo porque eso puede tener algún rezago socialista. Es el Estado ultraliberal el que permite que el caos nos gobierne y el que fomenta esta incapacidad para gastar en prevención y para prever los recurrentes desmanes de la naturaleza.
No es que los ríos nos inunden. Es que vivimos en promiscua proximidad con ellos. No es que las quebradas nos traicionen. Es que nos empeñamos en provocarlas instalándonos en aquellos lugares donde nadie en su sano juicio debería estar. No es que las aguas se desborden. Es que jamás creamos los sistemas de drenaje y vías auxiliares de desahogo que en otras ciudades del mundo son frecuentes. Es que no limpiamos los cauces ni creamos las defensas que cualquier ciudad atravesada por ríos levanta como signo de sentido común civilizador.
No hacemos, en suma, nuestra tarea. El Estado fantasmal cree que los gobiernos regionales, sucursales de su inexistencia, tienen la mayor responsabilidad en las obras de prevención. Y los gobiernos regionales culpan a los municipios, que sólo atinan a hablar cuando tienen el agua en el cuello.
Somos el país que permite y alienta que la gente siga viviendo en la ruta de la desdicha. No es la naturaleza la que nos golpea. Es nuestra naturaleza, nuestra propensión al desorden, nuestro desprecio por la previsión, nuestro salvaje presentismo.
¿No es que de resultas del Niño que no vino se hicieron obras, el año pasado, para enfrentar la emergencia? Con excepción de Piura, nadie sabe qué se hizo ni cuánta plata se invirtió ni a dónde fueron los fondos que no se gastaron. No son las aguas las que nos castigan. Es el lodo de la corrupción. ¿Se imaginan lo que pasaría con un terremoto de grado 8 en una ciudad donde las mayores regulaciones antisísmicas se abolieron para contento de las empresas constructoras?
Vomitan las quebradas, la gravedad hace lo suyo, las aguas otra vez se precipitan, y el Perú queda al desnudo: un país informal con pies de barro.
Hildebrandt en sus trece, Lima 17-03-2017
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