Jhon Valdiglesias Oviedo*
En un mundo donde las tensiones comerciales vuelven a intensificarse y los países tienden a cerrar filas en torno a sus propias economías, emergen oportunidades inesperadas para naciones que, como Perú, han sabido construir relaciones comerciales estratégicas a lo largo de las últimas décadas. La eventual medida de Donald Trump marca un retorno a políticas abiertamente proteccionistas, con nuevos aranceles, endurecimiento de tratados y un discurso cada vez más nacionalista. Pero, contra todo pronóstico, este escenario podría convertirse en una oportunidad para países latinoamericanos con tratados preferenciales, como lo advirtió recientemente la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).
Perú, que mantiene un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, enfrenta aranceles mucho menores que los impuestos a economías extrarregionales como China o la Unión Europea. Este acceso preferencial se transforma, en el nuevo contexto, en una ventaja competitiva concreta. Mientras Washington sube los costos de ingreso para productos asiáticos o europeos, Perú puede posicionarse como proveedor confiable, neutral y eficiente, especialmente en sectores clave como el agroindustrial, los minerales críticos y las manufacturas de valor agregado.
Sin embargo, el acceso comercial, por sí solo, no garantiza resultados sostenibles. Las oportunidades no se aprovechan por inercia. Requieren decisión política, capacidad de adaptación y una mirada estratégica de largo plazo. Es aquí donde las autoridades peruanas deben asumir un rol más dinámico, coordinado y ambicioso. El momento actual exige no solo promover las exportaciones, sino transformar la estructura productiva nacional. Mejorar la infraestructura logística, elevar la productividad del trabajo, reducir la tramitología que asfixia a las pequeñas empresas y, sobre todo, combatir la informalidad que mantiene a millones de trabajadores al margen del crecimiento; son tareas urgentes si se quiere convertir la oportunidad externa en progreso interno.
Lo esencial es que el comercio internacional, con todos sus beneficios, no puede seguir siendo una fuente de riqueza desconectada de la realidad de la mayoría. No basta con que crezcan las exportaciones si esa riqueza no se traduce en una mejora tangible de las condiciones de vida de la población. Perú necesita convertir las ventajas comerciales en herramientas efectivas para la reducción de la pobreza, la desigualdad y la exclusión. El proteccionismo global podría ser el impulso que necesita el país para revisar su modelo económico y social. No se trata solo de vender más, sino de crecer mejor. De que cada dólar exportado también contribuya a cerrar brechas históricas y a consolidar un camino hacia el desarrollo sostenible e inclusivo.
Este nuevo entorno global no es necesariamente un obstáculo, sino una coyuntura crítica que puede redefinir el lugar de Perú en el mapa económico del siglo XXI. La historia ofrece ejemplos claros: las naciones que prosperan son aquellas que, ante el cambio, reaccionan con visión, pragmatismo y voluntad transformadora. El proteccionismo, bien leído, puede ser viento a favor. La pregunta es si el país está preparado para desplegar las velas.
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* Investigador del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CEAS). Doctor en Economía Internacional por la Universidad de Economía y Negocios Internacionales (UIBE), China. Máster en Estudios Asia-Pacífico con especialización en China por la Universidad Nacional Chengchi (NCCU), Taiwán.
