Por Eduardo González Viaña
Desde 1997, mi madre vive en una estrella. El texto
que escribí entonces, está dedicado a todas mis lectoras
en este mágico Día de Madre.
Cuento las estrellas con los ojos cerrados
Esta tarde me han llamado del Perú, y lo que me han
dicho significa que el mundo se ha terminado. Resulta
curioso, por eso, escribir esta carta que no tendrá
letras de imprenta ni papel periódico, tampoco
remitente ni menos destinatario, porque ustedes y yo,
amigos lectores, ya no estaremos mañana sobre el
mundo, o tal vez nos habremos quedado dormidos para
despertar de aquí a diez mil años.
Aun en el caso de que ustedes no estén muertos ni el
mundo se haya terminado, habrá ahora de todas formas
un adiós en mi vida, y será el más grande. «Mamá está
muy malita, parece que se le cansó la vida, y el
médico piensa que ya no hay esperanzas…» –me
comunica mi hermana María del Pilar, y agrega que el
sacerdote ha llegado y se ha ido, y se olvida de
contarme que un ángel se ha quedado cuidando de doña
Mercedes, y quizás la está peinando ahora mientras la
torna joven y ligerita para que pueda acompañarlo más
tarde por esos andares del cielo.
Y por eso mi adiós es tan grande y numeroso. Adiós
tendré que decir a oriente y a occidente, y adiós al
norte y al sur, porque ella era mi norte y sur, y
también mi oriente y occidente. Adiós le digo a mi
sombra porque ella me la obsequió. Y mi adiós
comprende al caballo alado que dibujó para mí, a los
barcos y a los aviones de papel, a la Luna silenciosa,
al Sol paternal, al mar transparente y a los cerros
soñados de mi tierra, porque a todos ellos los inventó
para mí, y adiós por fin a las piedras, a las
gaviotas, al pan, a las nubes y al vino, porque todo
vino se va con ella. Adiós al adiós, y adiós.
Aquí entre nosotros, de todas formas, creo que dos de
sus invenciones van a sobrevivir en esta hora de los
adioses. La primera es la palabra escrita, y voy a
explicarles por qué. Cuando yo tenía cinco años de
edad, una maestra, aburrida de lidiar con un niño
sumamente distraído, le dijo a mi madre: «Doña
Mercedes: creo que Eduardito no llegará a leer ni
escribir. En todo caso, no me parece que pase de la
letra «d». Pero no se preocupe; ya ve cómo el general
Odría ha llegado incluso a ser presidente del país».
Mamá sonrió, agradeció y me sacó del jardín de la
infancia, pero ese mismo día en la casa, todas las
cosas tenían pegado un cartelito con su nombre, y así
supe que la mesa se escribe como se escribe, que la
silla tiene cuatro patas pero no camina, y que el
tordo vuela, y mi mamá es hija de mi abuela, que la
casa se sostiene sobre dos sílabas y la bicicleta
sobre dos ruedas, que los barcos navegan en un cielo
morado y que el mundo es redondo, tan redondo como la
vida, y así aprendí también el color de los colores y
la duración de los años, las estrellas, los toros y
los peces, y hoja por hoja, aprendí a conocer el árbol
de la vida.
No sé si alguna vez doña Mercedes se subió
a la Luna para ponerle un cartel escrito, pero a los
dos meses Eduardito sabía leer, y ya había decidido
pasarse toda la vida aprendiendo a escribir.
Creo que fue una conspiración en la que todos tomaron
parte; mamá se convirtió en mi diccionario parlante;
mi padre me obsequió una pluma fuente y un corazón sin
límites, y mi abuelo materno compartió conmigo, a mis
ocho años, la lectura de Dante Alighieri y de Gustave
Flaubert, en sus originales italiano y francés, porque
suscribía la teoría de que los niños nacen con el
conocimiento de todos los idiomas, y hay que leer con
ellos para evitar que se les pierdan las palabras.
El otro regalo de mi madre fue mucho más sencillo,
pero más poderoso: me tomó de la mano derecha y me
enseñó a persignarme y a hablar de tú a tú con el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y ese obsequio me
ha tornado indestructible porque me hizo saber que no
termino en mí mismo.
La palabra escrita me demuestra cada día que somos
inmortales y me hace conocer los nombres numerosos del
amor. El signo de la cruz me ha hecho hermano de todos
los hombres y partidario de todas las ideas y
ocupaciones generosas que he encontrado en la vida, y
así podré ser simultáneamente cristiano y socialista,
realista y mago, abogado y astrónomo, periodista y
profesor, y por fin autor de libros y buscador
empecinado de la palabra perdida.
Por obra y gracia de estos dos regalos de mi madre,
todo volverá a amanecer mañana después de este fin del
mundo, y si esta noche miro fijamente hacia los cielos
del sur, y cierro los ojos, podré ver el punto de la
galaxia en donde vuela ahora la estrella de mi madre
con todo ese brillo que vence a la oscuridad sin fin y
que llega a mí desde atrás de las lágrimas.
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