Por Juan Sheput
Un extraordinario artículo de María Elvira Samper, aparecido en la revista Cambio, nos describe al político psicópata. Es aquel que trabaja para sí mismo a pesar que dice lo contrario, no sabe delegar, quiere quedarse en el poder, interfiere en las decisiones de Estado, busca el conflicto, necesita de mediocres y adulones a su lado, tiene baja tolerancia, insulta a sus rivales, se siente superior cuando no lo es, busca desmedidamente el protagonismo, etcétera, etcétera.
De políticos y psicópatas
El político psicópata trabaja para sí mismo, aunque en su discurso diga todo lo contrario.
“Los políticos de fuste generalmente son psicópatas por una sencilla razón: el psicópata ama el poder”. Lo dice el psiquiatra Hugo Marietán, miembro de la Asociación Argentina de Psiquiatría y reconocido especialista en psicopatía y personalidades atípicas. Advierte, sin embargo, que no todos los líderes políticos son psicópatas, ni todos los psicópatas enfermos mentales del tipo de Hannibal Lecter, el perturbado psiquiatra de El silencio de los inocentes.
Es decir, que no todos los psicópatas deberían estar aislados y bajo tratamiento, porque la psicopatía admite grados o intensidades. Los de intensidad muy alta son, por ejemplo, los asesinos en serie y los violadores. Los de baja intensidad, aunque tienen rasgos básicos similares de personalidad a los de alta intensidad, son los que Marietán llama psicópatas cotidianos. ¿Cómo distinguir un político psicópata del que no lo es? Fácil: por el afán desmedido de poder y de protagonismo; porque no le gusta delegar; porque tiene muy baja tolerancia a la frustración y al fracaso; porque tiene una lógica diferente y se mueve por códigos propios, distintos a los que maneja la sociedad en general; porque a diferencia de un político normal que sabe que su función tiene un límite y cumplida su misión se va, el psicópata, una vez instalado en el poder, quiere quedarse, repetir una, dos, tres veces… Se niega a soltar la sartén.
También figuran entre sus características utilizar siempre una bandera suprapersonal —apela a la Patria, a un proyecto nacionalista, de liberación del yugo imperial, a la raza superior, al hombre nuevo…—, y creer que todo tiene que estar a su servicio, incluso las personas mismas. Ellas son solo un instrumento de sus ambiciones y como ser muy convincente es otro de sus rasgos distintivos, logra reunir a su alrededor a áulicos y obsecuentes, que bajo su efecto persuasivo son capaces de hacer cosas que de otro modo no harían. En este sentido, el clientelismo les sirve a los políticos psicópatas para intercambiar favores útiles con el fin de construir o consolidar su poder.
El político psicópata trabaja para sí mismo, aunque en su discurso diga todo lo contrario. Carece de la habilidad emocional de la empatía —la capacidad de ponerse en el pellejo de los otros— pero finge sensibilidad. Y como no se adapta a la tranquilidad, no tiene papel en la paz. Necesita la inestabilidad, el conflicto, los sobresaltos, la hecatombe y por eso busca siempre un enemigo para aglutinar y erigirse en salvador.
Su talón de Aquiles es la frustración de sus planes. Cuando le apuestan a un proyecto ponen todas sus energías en él y si las cosas no salen como quieren y la gente empieza a perder confianza, pueden tener actitudes muy torpes y cometen errores. Controladores por naturaleza, se desorganizan y no pueden aprender de sus errores. No cambian porque la psicopatía es una estructura que no cambia.
Un estudio realizado en Estados Unidos sostiene la tesis de que políticos de este tipo y criminales comparten el mismo perfil psicológico: seguridad, incapacidad para el arrepentimiento, anteponer el fin a los medios, ausencia de remordimiento, osadía, arrogancia y una capacidad de decisión que no admite duda ni reflexión.
Para sacarlos del poder hacen falta muchos líderes comunes, normales, o un psicópata de su talla que les haga frente. Sin embargo, lo mejor es aprender a no elegirlos. Si entendiéramos los mecanismos de la personalidad psicótica, deberíamos votar por otros líderes, también carismáticos, pero no obsesionados por el poder. Porque la obsesión por el poder no solo corrompe, sino que envilece. El deseo de dominar, la mayor de las pasiones humanas, convierte a este tipo de líderes en un problema de marca mayor. La Historia está llena de ejemplos: Mao, Stalin, Hitler, Franco, Musolini, Pol Pot, Castro, Somoza, Pinochet, Chávez… Siguen más nombres de aquí y de ahora, de ayer y de siempre.
http://mate-pastor.blogspot.com/

3 comentarios
Un chanchote
Aquí tenemos uno de tantos, que por su medicación para la esquizofrenia y su voracidad extrema ( gula), está a punto de reventar 😛
Pero a diferencia de Hitler u otros que amaban su Patria, este maldito es sirviente lameculo de rateroos chilenos, colombianos, españoles 👿
Pero está basura terminará en la desgracia mas completa porque es un depravado total, y arreará banderas negras para sus prosélitos y son compadres de robo!
Ya saben alvarito uribe, la ninfómana chanchelet y su amante el chanchón, los tres tendrán un final desgraciado!! 👿
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¿Están hablando del grasiento de Alan García?
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VERDADES A MEDIAS
Un artículo por demás sesgado, en cuanto a ejemplos, pues no nombra al principal referente de estos tiempos: ALBERTO FUJIMORI, que nos deja una Dinastía para perpetuarse ya no el poder sino en el tiempo, ¿QUE REMEDO DE PARTIDO ES ESE DONDE SOLO LOS HIJOS TIENEN LA POTESTAD DE LIDERAZGO?
Me parece absurdo, patético, risible y despreciable que el autor de este artículo nombre a Chávez y no a Fujimori, sabiendo que este último es un verdadero maestro al lado del aprendiz de Dictador llamado Chavez.
La conclusión es simple, al sr Cheput no le incomodan los dictadores de derecha como lo fue el Chino, al sr solo le interesa el beneficio de ciertos poderes económicos albergados en la derecha extrema, y lo peor, en su lista no incluye a los genocidas papá e hijo BUSH.
PESIMO ESTE ARTICULO POR SER MAL ENFOCADO.