Reduciendo las caries con flúor pero dañando el cerebro
Un estudio realizado en el Instituto de Enfermedades Crónicas Inc., una organización sin fines de lucro de investigación médica en Maryland, indica que los niños que viven en hogares con agua tratada con flúor parecen tener un riesgo mucho mayor de autismo.
Los investigadores descubrieron un asombroso aumento de seis veces en los diagnósticos de trastorno del espectro autista (TEA) entre los niños que crecieron con exposición completa al flúor, en comparación con aquellos que no consumieron agua tratada con esa sustancia.
Los investigadores analicaron las historias médicas de 1990 a 2012, estudiando a más de 73,000 niños en Florida durante sus primeros 10 años de vida. Los resultados revelaron un sorprendente aumento del 526% en el riesgo de TEA entre los niños con acceso completo a agua fluorada, en comparación con los que no la tenían.
También se descubrió un aumento del riesgo de discapacidades intelectuales (102%) y retrasos en el desarrollo (24%) en los condados de Florida que reciben flúor en el agua potable.
El Secretario de Salud de EE. UU., Robert F. Kennedy Jr., ha criticado la política nacional sobre el flúor y reveló esta semana que planea solicitar oficialmente a los CDC que dejen de recomendar la adición de flúor a los sistemas de agua de todo el país.
El flúor se añadió al agua pública en los EE. UU. desde la década de 1940. Ha sido aclamado como uno de los mayores logros médicos del siglo XX, ya que redujo drásticamente las tasas de caries, especialmente en niños. Actualmente unos dos tercios de la población total de EE. UU. consume agua fluorada.
El mineral presente en la tierra, las rocas y el agua aumenta la resistencia de los dientes a los ácidos, previene la erosión bacteriana y reemplaza los minerales del esmalte dental que pueden perderse con el tiempo.
Una revisión gubernamental realizada el año pasado reveló que beber agua con niveles más altos de flúor se asociaba con una disminución del coeficiente intelectual de hasta cinco puntos, pero ese estudio no estableció ninguna relación con el autismo.
La nueva investigación, publicada en BMC Pediatrics, analizó cómo el flúor presente en el agua potable afecta el desarrollo dental y cerebral de los niños.
El Dr. Mark Geier, investigador de los Institutos Nacionales de Salud durante 10 años, se centró en 73.254 niños a los que se les hizo seguimiento desde su nacimiento hasta los 10 años.
Estos niños vivían en uno de los 67 condados de Florida durante el estudio y consultaron con un médico al menos 10 veces. Se verificó qué condados incorporaban flúor al agua y qué proporción de la población la consumía anualmente.
Separaron a dos grupos distintos de niños dentro del estudio: aquellos que siempre bebían agua fluorada (25.662) y aquellos que nunca lo hacían (2.509). Entre los niños que nunca vivieron en zonas con agua fluorada, solo se diagnosticaron cinco casos de autismo.
Entre aquellos con “exposición total” al flúor, es decir, que vivieron en zonas donde más del 95% de los residentes habían consumido agua fluorada durante esos 10 años, 320 niños presentaron autismo.
Si bien el grupo que siempre bebió agua fluorada vio reducido su riesgo de caries en más de un 70 %, los Geier también descubrieron la inquietante conexión con el TEA y otras discapacidades.
Además de un riesgo mucho mayor de autismo, el equipo detectó un preocupante aumento del riesgo de discapacidades intelectuales (102 %) y retrasos en el desarrollo (24 %) entre los niños con acceso completo al flúor en el agua durante la infancia.
El nuevo estudio publicado en BMC Pediatrics no atribuye directamente la adición de flúor al aumento de las probabilidades de ser diagnosticado con autismo, pero los resultados muestran una clara correlación entre las cifras.
El trastorno del espectro autista es una afección que afecta la forma en que una persona se comunica, interactúa y experimenta el mundo, y suele manifestarse en la primera infancia. Los síntomas pueden variar ampliamente en tipo y gravedad.
Los signos incluyen dificultad para interactuar socialmente con otros, dificultades con el habla y el desarrollo de diversas sensibilidades sensoriales, como sentirse abrumado por ruidos fuertes o texturas.
Según los CDC, aproximadamente uno de cada 36 niños recibió un diagnóstico de trastorno del espectro autista en 2020.
Esa tasa ha aumentado a un ritmo alarmante en los últimos 25 años, según las autoridades sanitarias. En el año 2000, los CDC afirmaron que solo uno de cada 150 niños estadounidenses recibió un diagnóstico de autismo, y solo uno de cada 68 recibió un diagnóstico de TEA en 2010.
Las cifras de losEstados Unidos son mucho má altas que en otros países: el Reino Unido (1 de cada 100 niños), Suecia (1 de cada 110), Alemania (1 de cada 139), Francia (1 de cada 144), Canadá (1 de cada 66) y Australia (1 de cada 70) presentan tasas mucho más bajas.
La mayoría de los países europeos no añaden flúor a su agua potable. Alemania incluso ha prohibido esta práctica.
Ciertas marcas de pasta dental añaden flúor promocionando con ello una acción anticaries, no obstante, no indican cuánto flúor incorporan. Tras este estudio, es posible que los porcentajes autorizados a los fabricantes de dentífricos, considerados como inocuos, es posible que no lo sean. Hay que tener en cuenta que en la boca la capacidad de absorción de sustancias en el área sublingual es alta debido a la delgada membrana y la abundante irrigación de vasos sanguíneos.
El flúor presente en el agua del grifo es, en realidad, un subproducto de la industria de fertilizantes fosfatados. Se llama ácido hidrofluorosilícico antes de diluirse y añadirse al agua potable.
En enero, un análisis de 74 estudios reveló que una mayor exposición al flúor se relacionaba sistemáticamente con puntuaciones más bajas de coeficiente intelectual (CI) en niños. El informe de JAMA Pediatrics reveló que por cada aumento de 1 mg/L en la cantidad de flúor en la orina de un niño, sufría una disminución de 1,63 puntos en su CI.
El estudio también detectó problemas cognitivos en niños con niveles inferiores a 2 mg/L, lo que aumenta aún más la preocupación sobre las directrices sanitarias actuales en EE. UU. para el flúor.
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