Los medios locales informan de la propuesta del presidente de los EE. UU., Donald Trump, de incentivar al Perú para que sea un país alineado geopolíticamente con el país del norte.
En el Congreso de los EE. UU., Trump ha presentado la iniciativa que describe al Perú como un aliado importante “no perteneciente a la OTAN”.
Según informó Bloomberg este viernes1, “Trump dijo que el Perú y los EE. UU. ‘tienen prioridades de seguridad compartidas incluyendo la estabilidad regional, la lucha contra el narcotráfico y los lazos económicos’”.
Peligros
Históricamente, EE .UU. nunca ha mostrado solidaridad con el Perú. Por ejemplo, pudiendo detener la agresión y robo territorial que cometió Chile contra el Perú, no lo hizo; antes bien, envió a sus generales Pershing y Lassiter para asegurar que el robo chileno quedase oleado y sacramentado.
No solo eso, en una traicionera jugada de billar a tres bandas, obligó al Perú a entregar a Colombia un extenso territorio (el Trapecio amazónico) y a Nicaragua (que estaba bajo ocupación militar de EE .UU.) despojó del archipiélago de San Andrés; todo para compensar a Colombia por la pérdida de Panamá2, cuya secesión impulsó los EE. UU.
Con un país como ese, cómplice de las pérdidas territoriales que hemos sufrido, no puede haber el tipo de asociación —ni nada similar— que están planteando los estadounidenses, presionando al Perú. Para tener una fachada que justifique la iniciativa de Donald Trump, se esgrime “la lucha contra el narcotráfico”, justamente cuando eso es lo más peligroso si aceptamos la idea de ser “aliados” de EE. UU.
“Lucha” contra el narcotráfico
Si uno sigue las noticias, se ve que EE. UU., a través de la DEA (Drug Enforcement Agency), combate el tráfico de estupefacientes y no vacila en lograr la extradición de presidentes, como ha habido más de un caso. Pero ¿cuál es la realidad?
La realidad tiene dos caras: combate al tráfico de drogas y también lo fomenta, tal como sucede con el terrorismo internacional: EE. UU. ataca al terrorismo islámico pero también lo promueve y utiliza, como se observa —entre muchos otros indicios— por el caso del actual presidente de Siria: era miembro de una organización terrorista islámica y ahora sirve a su amo yanqui como sumiso presidente.
Volviendo a lo de las drogas, tengamos presente que desde hace décadas EE. UU. “ayuda” al Perú, pero el narcotráfico crece aún más, porque su asesoría (para lo cual el Perú le facilita bases militares) muestra dos máscaras: una es para asesorar y actuar de manera efectiva; la otra es para proteger a los narcos, como señala el almirante Jorge Montoya (cuando se intercepta avionetas de los narcos y los peruanos están dispuestos a derribarlas, los gringos, basándose en que las aeronaves tienen componentes made in USA, impiden el derribo3).
La participación de EE. UU. aprovechando su “ayuda” militar es ampliamente conocida. Cuando en 2001 EE. UU. derrocó en Afganistán a los talibanes —poniendo como pretexto que eran cómplices de Osama bin Laden—, instaló en el poder al títere Hamid Karzai, cuya primera medida de gobierno fue legalizar los cultivos de amapola, que proliferaron por todo el territorio de Afganistán, de donde salía la heroína refinada a muchos países… ¡incluso EE.UU.! Esto y mucho más pone al descubierto el periodista de investigación Seth Harp, en su libro The Cartel of Fort Bragg / Drug trafficking and murder in the Special Forces (‘El cártel de Fort Bragg / Tráfico de drogas y asesinato en las fuerzas especiales’)4.
Seth Harp también aclara que desde que recuperaron el poder en 2021, los talibanes han reducido en 99% los sembríos de amapola, lo cual es un ejemplo para Bolivia, Perú y Colombia, productores de pasta básica de cocaína.
Hugo de Zela, el canciller del Perú, en vez de tener la actitud de un perrito que mueve la cola al amo, debe analizar bien las cosas y conocer, desde el punto de vista de nuestra historia y de nuestros intereses, quién es quién, en vez de comprometer al Perú en una alianza con una potencia hegemónica en decadencia, al mismo tiempo que haría que sobre los militares peruanos recaiga como una mala sombra la sospecha de estar caminando al lado de narcos de las ligas mayores. ¿Por qué el canciller guarda silencio frente a las amenazas y presión militar de EE. UU. contra Colombia y Venezuela? Cierto que Maduro es dictador y aquí lo vemos mal por habernos inundado con migrantes indeseables, pero es inaceptable que EE. UU. asesine a ciudadanos colombianos y venezolanos, y proclame, además, que lo está perpetrando. ¿Quién les puede creer? ¿Qué derecho tienen? ¿Por qué en vez de quitarles la vida no los muestra vivos con las pruebas correspondientes?
Después de la II Guerra Mundial, también debe tenerse presente que EE. UU. ha estado del lado de genocidios, invasiones, agresiones violentas o encubiertas para derrocar mandatarios, además de violaciones de los derechos humanos y saqueo de sus riquezas; basta recordar lo sucedido en Vietnam, Irak, Libia, Siria (directamente o armando a Israel), e intervenciones en unos 80 países, donde dejó unos 20 millones de muertos.
Siendo esto así, ¿por qué el Perú tendría que asociar sus Fuerzas Armadas con posibles bases militares permanentes de ese país? Los militares de los EE. UU. en parte son lacra social que ha perpetrado violaciones de mujeres al menos en Japón y Colombia sin que estos países puedan encarcelar a estos criminales porque arriban en condición obligatoria de impunidad; los poderes judiciales locales no tienen jurisdicción sobre ellos.

Además, el mundo se encuentra en los últimos años en confrontaciones crecientes donde los EE. UU. dejó de ser la potencia unipolar dominante para dar paso a un escenario tripolar con Rusia y China. La posibilidad de una conflagración mundial no se puede descartar, por lo cual, en lugar de unirse a un bando o a otro, el Perú debería elegir un rol neutral, solamente del lado del derecho internacional, siguiendo nuestra tradición de nunca haber violado los derechos ni fronteras de otros países.
Más allá del respeto al derecho internacional, los peruanos también debemos pensar en nuestra seguridad, porque si llega a estallar una III Guerra Mundial, lo más probable es que los estadounidenses serán perdedores y ello nos acarrearía las represalias de los ganadores. Un gobierno de transición no tiene el derecho de tomar una decisión de tan graves consecuencias para nuestro país con una alianza que los ciudadanos no han buscado y que no nos conviene.
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1 Leer Trump quiere nombrar a Perú aliado principal no perteneciente a la OTAN
2 EE. UU., enemigo descoyuntador de América Latina
3 Ya sabemos lo que pasaría si el Perú compra aviones F-16 o cualquier otro que tenga componentes o piezas estadounidenses. Leer Almirante Jorge Montoya advierte sobre adquisición de material de guerra
4 Leer El libro “The Fort Bragg Cartel” revela la participación de las fuerzas especiales estadounidenses en el narcotráfico
