Esta semana, las naves con ayuda para la población de Gaza fueron abordadas y capturadas por militares de Israel, quienes, además, se llevaron presos a los tripulantes y voluntarios para ponerlos en manos de las autoridades judías.
Los gobiernos de España, Francia e Italia habían despachado barcos de guerra para —según ellos— proteger a sus ciudadanos que formaban parte de la expedición; pero en los hechos nada hicieron para cumplir lo prometido cuando, cometiendo actos de piratería, los sionistas capturaron las embarcaciones en aguas internacionales.
¿Qué pasó?
Unos pensaron que el ofrecimiento de proteger fue desde el principio solo un engaño y pura publicidad; otros vieron una marcha atrás por temor a EE.UU., el protector de Israel; otros piensan que la retirada fue porque estaban de acuerdo con el genocidio contra los palestinos; algunos pensaron que era por temor (?) a Israel.
Puede haber un poco de cada posibilidad, pero lo importante es entender por qué estamos ante ese escenario.
Es esencial que se comprenda que en el origen del estado de Israel coinciden los intereses estratégicos de largo plazo de las potencias coloniales de entonces (Inglaterra y Francia) con las aspiraciones del movimiento europeo sionista (rusos, ucranianos, alemanes, franceses, etc., convertidos al judaísmo). La situación era la siguiente.
Para empezar, las mencionadas personas no eran bien vistas en sus países de origen por motivos religiosos, entre otros, y deseaban salir de allí. Por otra parte, tras el fin de la Primera Guerra Mundial, las potencias coloniales Francia e Inglaterra, que habían derrotado al Imperio Otomano, con capital en Turquía, entendieron que ya concluía su empresa colonialista de siglos en Asia y Oriente Medio y que además debían dividirse sus áreas de influencia, para lo cual ambos países firmaron en 1916 el pacto Sykes-Picot, mediante el cual se establecían las bases para que los firmantes, Inglaterra y Francia, ya proclamada la independencia de los nuevos países descolonizados, retuvieran el control político y económico de sus excolonias.
El Oriente Medio era y es una zona en la que la mayoría de la población profesaba la fe del Islam. En la primera mitad del siglo XX, en Palestina había árabes (cristianos y musulmanes) y judíos, que eran minoría. Si el proceso de independencia se hubiera realizado de manera normal, de Palestina hubiera surgido un estado binacional árabe-judío. Pero la voluntad de Inglaterra, expresada en la declaración Balfour de 1917, era que los sionistas fundaran un estado judío, excluyente de otras poblaciones.

Billete de 1927, bajo dominio colonial de Inglaterra, de 100 libras palestinas,con inscripciones en árabe y hebreo.
Lo que más preocupaba a Francia e Inglaterra es que se formasen alianzas de países musulmanes y llegaran a constituir un contrapeso a las potencias coloniales, por lo cual se aseguraron de que la división del territorio formara países con deseos afirmativos de ser diferentes de todos los demás, para que siempre estuviese latente el fantasma de la guerra. Y en estas previsiones el sionismo encajaba perfectamente: como europeos, eran totalmente ajenos a la civilización oriental, las poblaciones locales los repudiarían y siempre estaría abierta la posibilidad de guerra (lo cual ha sucedido).
En esas circunstancias, el estado sionista —sirviente de sus padrinos colonialistas— encajaba como anillo al dedo colonialista, porque aseguraba una seguidilla de conflictos armados, para lo cual era necesario contar con un cipayo bien armado que siempre tuviera ventaja militar respecto de sus vecinos árabes. Y así ha sido hasta el momento, el bien armado sirviente de Occidente agrede continuamente a sus vecinos, diciendo que lo que estos hacen constituye una “amenaza existencial” contra Israel. Esta frase (“amenaza existencial”) la utiliza cada vez que considera necesario quitarles tierras para construir el “Gran Israel”, hipotético territorio que se formaría usurpando tierras desde el río Nilo hasta el Éufrates.
Los colonialistas utilizan a Israel como pitbull feroz y sin bozal al que le han hecho la fama de “potencia regional”, pese a que no tiene industria pesada, no fabrica motores, no fabrica barcos, ni tanques ni aviones; es como un ave que tiene que cubrirse con plumas de otros. Por eso, si ven que la “potencia regional” tambalea y empieza a desinflarse, le ayudan a defenderse y atacar: así, cuando este año Irán contraatacó, Israel no podía derribar los drones y misiles iraníes, ante lo cual los colonialistas franceses e ingleses, más EE. UU., se pusieron a derribarlos; y al no poder bombardear como querían instalaciones nucleares de Irán, tuvo que hacerlo el patrón estadounidense.
Así, la coincidencia de intereses entre los colonialistas e Israel explica por qué nunca han condenado el genocidio púbico televisado de Gaza. Aquí debe tomarse en cuenta la ideología satánica de los sionistas y de sus patrones (Europa occidental y EE. UU.), quienes ven en las guerras una excelente ocasión de enriquecerse con la venta de armas y de realizar masivos sacrificios de sangre humana en honor del demonio a quien adoran.
He aquí por qué el agresivo y furibundo cipayo sionista tiene carta blanca para cometer magnicidios, genocidios, asesinatos selectivos o destrucción del medio ambiente, en medio del aplauso de sus consentidores patrones.
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